Almafuerte no se decepcionó nunca de la patria. La amó entrañablemente y quiso que fuera ejemplo para los demás pueblos. Es original que la refutación a Más y Pí, esté precisamente en un soneto dedicado por el poeta a su crítico, que hoy reposa en el fondo del mar. Dice así:
«En el crestón de peñas submarinas
en que chocó tu frente soberana
un faro se alzará de luz arcana
como una encarnación de tus doctrinas.
¡Él mostrará las rutas argentinas
A la esperanza humana!»
Ya antes, en «Milongas clásicas», le dice al pueblo que no se amontone en las ciudades; que recubra la inmensa extensión de la tierra exuberante. «¡Virgen núbil, que debe encontrar su varón!» Quiere ver trigales y aldeas desparramados por su patria, donde jamás deberá faltar, por sobre todas las cosas, un ideal.
La «Sombra de la Patria», lejos de ser un canto de desesperación, es una llamarada de fe. La escribió en una época política de desorden; pero él sabía que la juventud era la salvación del pueblo, y por eso la invoca en versos lapidarios.
El 90 la juventud cumplió con su deber. A su frente estaba junto a un apóstol de la democracia, la figura noble y caballeresca que preside esta fiesta. Poco después, el mismo Almafuerte empuñaba un fusil para combatir contra los malos gobiernos.
Habíamos decidido ser libres por un hermoso acto de voluntad, y menester era que realizáramos nuestro aprendizaje de libertad. La evolución política es notoria. De la violencia, que caracterizaba los comicios, fuimos al fraude; se pasó de las formas violentas y musculares a las formas astutas e intelectuales. Es la evolución de la criminalidad en general.
Del fraude a la venalidad después. Esta última así repugnante, significaba un adelanto. El pueblo sabía ya que su voto valía algo. Era inmoral, pero era libre.
Y después de la venalidad vino el comicio abierto. Almafuerte, que nunca se decepcionó; que comienza un soneto diciendo: «No te dés por vencido, ni aún vencido», no podía abandonar, como equivocadamente afirmó Más y Pí, su hermoso ideal de patria, que, por otra parte, él conciliaba perfectamente con los ideales humanos de justicia social—y así se explica esa hermosa carta que Almafuerte, el ciudadano, me enviara en 1912 adhiriéndose a mi candidatura a diputado—perdóneseme esta justificada vanidad—carta que con orgullo he colocado a manera de prólogo en un libro que se refiere a mi acción parlamentaria.