En esa esquela Almafuerte habla del «auroral despertamiento que maravillosamente la nueva legislación electoral ha producido».

No mutilemos pues, al poeta. La evolución de su espíritu que señala el crítico, es falsa. Sus ideales no se apagaron nunca, y jamás se encerró en su reino interior sin comunicación con el mundo.

Vivió entre los hombres; amó sus dolores y sus miserias; trabajó por la patria, y en presencia de esta grande colosal conflagración humana, se puso del lado de la justicia, y cantó a Bélgica mártir, incorporándola a la pléyade de los torturados, que él amó tanto. Y antes de morir lanzó su maldición terrible, su anatema, su apóstrofe vibrante, como un profeta, contra el poderoso que violó la justicia y escarneció el derecho.

El pueblo reclama la estatua de Almafuerte.

Levantemos el monumento; rodeémosle de flores, y que, como el sepulcro de Tesco, según nos lo cuenta Plutarco en sus «Vidas paralelas», vayan a él los miserables, los caídos, los débiles, con la esperanza de encontrar consuelo.

ALFREDO L. PALACIOS.


EVANGÉLICAS