1.—No se desvía un proyectil, después de haber recibido su impulso inicial: realiza su parábola sobre la recta pura, hasta chocar en un obstáculo cualquiera o caer en la tierra.
2.—No quieras dirigir tus impulsos una vez lanzados; porque eso es tan imposible como que un proyectil se detenga por sí mismo: cuida, sí, de las ocasiones que despiertan tu impulsividad.
3.—Más hacedero es evitar la acumulación de un médano, que deshacerlo; porque para lo uno, basta arrancar la mata de pasto a cuyo alrededor se congregan los primeros granos de arena, y para lo otro, suelen no ser suficientes quinientos hombres fornidos.
4.—Hay consecuencias incontrastables, originadas por causas tan efímeras como esa miserable brizna de paja que vuela desde la rotonda de la era, y se pierde en el espacio para todos los siglos.
5.—La presión de dos labios sobre dos labios, eso es un beso: pues hubo besos que originaron catástrofes, como los de Cleopatra, y besos que proyectaron posteridades más numerosas que las estrellas del cielo y el polvo del desierto, como los de Abraham.
6.—Meditemos sobre lo pequeño y sobre lo puerco, y habremos meditado sobre las armonías estelares y sobre los destinos humanos.
7.—Aquél que quiera una humanidad más perfecta, no se satisfaga con lavarle la cara y vestirla de gran señor: que la higienice desde la punta de los cabellos hasta la punta de los pies, como una mujer discreta bruñe tan esmeradamente las letrinas del último patio como los muebles de su salón: el hombre no es una sala, es una casa completa.
8.—Y aquél que se meta a predicar y defender derechos ajenos, debe saber—si no es un cobarde, o un utópico, o un cacique electoral,—que tiene la obligación de enseñar e imponer primeramente los deberes generadores de los mismos derechos que campanea en sus conversaciones y discursos.