47. Heroico agente de policía, que presencias desde tu puesto la procesión eterna que pasa por la calle: sábete que la vía pública no es el sitio de los niños; vigílalos paternalmente desde tu bocacalle, cuando pasan por tu lado camino de la escuela, de los mandados y de los talleres; sálvalos de sus propios instintos y de los lúbricos miasmas que ruedan como satanes por el bulevar; no les conduzcas jamás al calabozo, que es más horrible que la calle misma; y disuelve a latigazos certeros esos ruidosos congresos, esas dumas rebeldes, agresivas y deslenguadas, que ellos establecen en las veredas y los terrenos baldíos, en las primeras horas de la noche.
48. Puede ser que aquellos azotes salven de una muerte anónima y miserable a algún Franklin, a algún Lincoln, a algún Sarmiento en germen que anda rodando por el arroyo, como un grano de trigo arrojado en las piedras.
TRÉMOLO
Señor. ¿Cuándo dejarás de ser silencioso como el capataz de un ingenio de azúcar o de una cuadrilla de camineros?
¿Por qué permites que los hombres hagan aquello mismo que repudian?
¿Por qué pusiste en mis manos esta mala bujía, nada más que para darme cuenta de mis propias tinieblas?