LA INMORTAL
Ama a tu prójimo como te
amas a ti mismo.—Jesús.
Aquí salgo del seno profícuo
de la cósmica chusma sagrada,
como surgen los rudos poceros,
ungidos en greda, del pozo que cavan;
con el acre sabor de la simple,
desolante sentencia judaica:
la ansiedad de la luz en los hombres
recién aparece después que se sacian.
Aquí traigo los puños repletos
de corrientes vergüenzas palmarias,
cual un frío bufón que mostrase
los ruedos raídos de un manto de grana;
de vergüenzas corrientes que corren
sin herir, sin rozar suspicacias...
¡Por qué tanto repican las cosas
que ya no penetran ni a golpes de maza!
De vergüenzas corrientes que quiera
sujetar con mi sola pujanza;
de sus crines hirsutas cogerlas
y al rostro perplejo del orbe lanzarlas.
Pues yo sé que los nudos gordianos
al más leve tirón se desatan;
que se buscan misterios y surgen
verdades que ciegan de simples y claras.
Que cualquier intelecto mediano
para dar en la clave se basta,
como al propio través de la noche
con un candilejo cualquiera se marcha,
que con sólo pulsar una vida
ya se pulsan las cuerdas humanas;
pues un solo vellón, uno solo,
resume, presume la ingente majada.
Y aquí voy a tejer mis estrofas
a favor del azar, como salgan,
cual un niño que hacina en manojos
jazmines dilectos y agrestes retamas;
como corren, según las caídas,
por el dorso terráqueo las aguas,
y según las arrugas y gestos
las perlas del santo sudor por la cara.
Porque nadie trenzó las ideas
con mayor solidez y más gracia,
que la gracia de flor con que nacen
y van, por sí mismas, tramando su trama;
porque toda labor que perdure
y al rodar de los siglos no caiga,
la sacaron así, paulatinas,
las inusas ambientes del fondo de un alma.
Yo no sé qué saldrá de mi numen
con mi pobre conciencia turbada:
la conciencia del gusto vacila
la vez que la miden conciencias villanas.
Mas yo sé que bajé los peldaños
por amor maternal de las llagas:
si hay un juez que las vidas escruta,
la gota de Cristo que tengo, me salva.