No será mi labor un conciso,
bien trabado, bien lógico drama;
las verdades morales se chocan
y el arte más alto jamás las enlaza.
Mas también, la visión de mi chusma
cual andrajo flotante divaga...
que descienda mi Dios a mis versos:
¡de pie!... ¡de rodillas!... ¡que voy a cantarla!

Pues, ¿qué son las grandezas más grandes,
las blancuras del pecho más blancas,
frente mismo del máximo fondo
de donde salieron tan fuertes y santas?...
¡Lo que fueran tus gotas de llanto
con las que hay que llorar, comparadas!
¡Lo que fueran chocando tus besos
si dos muchedumbres de soles chocaran!

¡Lo que fueran tus piedras preciosas
en los campos del éter bordadas!
¡Lo que fuera tu gesto de hormiga
de todos los orbes ritmando la marcha!
¡Lo que fuera tu voz gobernando
la revista de todas las razas!
¡Lo que fueron tus horas de insecto
si todas las horas de Dios las tragaran!

Como en esos arcaicos escombros
que silvestre zarzal amortaja,
sobre plintos de mármol augusto
discurren culebras terrosas y flavas,
las culebras del hambre y los vicios
su semblante de Dios desencajan
y la bilis del Odio, superbas,
de pálido azufre dantesco la bañan.

Ni el más leve, gentil sentimiento
centellea su faz demacrada:
pues al dulce rubor de las rosas
la luz lo genera, la noche lo mata.
Sus afectos flotando confusos
en el mar del instinto sin playas,
leviatanes enormes parecen
que dentro su vago cubículo vagan.

¡Leviatanes enormes!... lo mismo
que el vapor fantasmal de las aguas,
con sus lívidos velos llorosos
difuma de Londres la enérgica mancha:
tras aquel invasor aguardiente
que a geniales y a estúpidos mata,
los contornos humanos asumen
grotescos dibujos de bestias nefarias.

Turpitud multiforme, deforme,
cuyo suero de gimio deprava
cual tenaz filtración del infierno,
familias y tribus, naciones y razas.
Turpitud alevosa que viene
de vigor y placer disfrazada
sepultando la luz en la Sombra,
torciendo, rompiendo la psiquis humana.

¡Leviatanes protervos!... Del modo
que sus bravos arpones enlazan
los torcidos anzuelos, la noche
que dos espineles muy próximos atas:
su persona moral es enjambre
de torcidas pasiones bastardas,
que la influencia de un astro maldito
sacude, alborota, revuelve y engancha.

¡Leviatanes horribles!... Lo propio
que las pobres personas baldadas,
con los órganos sanos que tienen
reponen o finjen aquél que les falta:
de palpar sus tupidas tinieblas,
ha sacado, también sus ventajas,
y al dolor sin amigos que sufre
le brotan ideas con dientes y garras.

Y cual dos huracanes contrarios
que barriendo la tez de la Pampa,
sibilantes de furia se funden
y en férvidas rondas al éter se lanzan:
su contrato social es un choque
de violencias rasantes y pravas,
remolino de pestes, coyundas
que toda la recua del mal acollaran.