Pero como de dos peregrinos
que repechan abrupta montaña,
más lesiona sus pies el cobarde
que menos afirma sus pies en la marcha:
solamente los mansos corderos
en aquel pedregal se desangran...
¡Mujerzuela procaz a quien rinde
la limpia, sonante, genial bofetada!

Y es amigo traidor, vil hermano,
vil esposo, vil padre... ¡Que caigan
los brazos de Cristo y le formen
cual una materna, mimosa muralla!
Yo no dejo a mi plebe convicta
faz a faz de tus nobles infamias...
¡Será todo lo vil; pero nunca
más vil que tu vida más útil y sana!

¡Qué! ¿No tienes amigos amables
que te ponen el pie cuando pasas,
ni jamás un gorrión de tus migas
llamándote padre rajó tus espaldas?
¡Qué! ¿No venden los grandes hermanos
a sus grandes hermosas hermanas
y los grandes maridos no suben
después que sus honras bajaron muy bajas?

¡Qué! ¿Dirás que tus niños de cera
no son tigres cachorros que lactan;
que tus lazos efebos no sufren
vigilias perplejas, insólitas ansias;
que tu joven doctor,—ese mismo
que repujan masaje y gimnasia,—
siente claro, vivaz, fulminante
cualquiera resorte maestro del alma?

¡Qué! ¿Dirás que tu guante de Suecia
diez pulidas ganzúas no envaina;
que tu sacro cerebro de Newton
no vibra quién sabe que celdas nefandas?
¡Qué! ¿Dirás que mi firme cuchilla
cuando hiende la carne del paria,
porque bruñes tu piel con gamuza
no hiere tu propia, tu misma carnaza?

Como están bajo el rubio topacio
del provecto jerez agolpadas,
por subir y flotar y engreirse,—
chusmaje bravío,—las heces amargas;
como están en el frígido lecho
de los hondos aljibes de Arabia,
muchedumbres de vírgulas viles
debajo del puro cristal de las aguas;

Como está la ocasión del estrago,—
ella misma, total, fulminaria,—
tras el amplio dosel de esas nubes
fugaces cual sueños fugaces que pasan;
como cuelgan de regios tapices
primorosas, bellísimas dagas,
aguardando al Caín, al Otelo,
o el cívico Bruto que vibre sus lamas;

Cual desdobla, crespones azules
en las cumbres del monte la larva,
mientras hierve iracunda en el fondo
como una iracunda, perpetua amenaza:
cual recoge la bestia felina
su retráctil, su elástica zarpa,
mientras duerme feliz meditando
su opípara cena de carnes humanas;

Como terca y astuta y sumisa,
sin tal vez amagar, se recata
por detrás de la piel reluciente,
del cáncer hediondo la red soberana:
como corre a través de cien cráneos,
dubitante y anónima y canta,
la imperial, la furiosa locura
que al fin sobre alguno se afirma y estalla:

Así están en tu ser los extremos
do tu heroico egoísmo se lanza
cada vez que tu yo, tu persona,
tu fin, tu destino, peligran y claman.
Así están aguardando pacientes
la ocasión, de reinar como amas,
las que tú denominas torpezas
no sé con qué gesto de arcángel sin alas.