Así está lo más vil soportando
su capullo de túnicas blancas,
sin decir, ni vibrar, ni radiarse
si el mar de tu vida no agita sus aguas...
¡Por qué toda esa luz que refulges
puede ser en tinieblas trocada,
miserable montón de miseria
que todas las manos moldean y amasan!

Porque tú,—gran señor, gran patricio,
gran ilustre, gran genio, gran lama,—
por lo mismo que moro en las sombras,
a mí no me ciegas, te cuento las manchas;
y detrás de tu aspecto solemne,
del perfume de honor que derramas,
de la curva triunfal de tu testa...
¡Yo sé lo que sobra, yo sé lo que falta!

¡Que abandonen la cruz esos brazos
que sin ver ni juzgar nos abrazan,
y las lepras de todos envuelva
su blanca batista que siempre está blanca
que desciendan al mundo esas manos
que la furia del mar amansaban,
y al cerebro más firme y completo
le impongan la enorme locura cristiana!

¡Que me cieguen mis ojos malditos,
que con sólo mirar ya difaman!
¡Que me arranquen mi lengua de sierpe
que sólo destila verdades airadas!
¡Que sacudan mi frente y la rompan
como a frágil redoma de miasmas!
¡Que desgarren mi pecho y fulminen
la esponja de viles vilezas que guarda!

¡Sí! ¡Yo sé que un perfume inefable,
que un fulgor indeciso de alba,
que una música sorda y sublime
desprenden y esparcen las vidas más bajas!
¡Sí! ¡Yo sé que del fondo más hondo
surgirán las alturas más altas,
mientras haya girones, andrajos,
deshechos, minucias de carnes humanas!

¡Sí! ¡Lo mismo que charcos hediondos
resplandecen al sol como plata,
y al brochazo del genio las formas,
la cárcel del lienzo desertan y saltan;
la presión de las manos divinas
en la creta del Cosmos, echada,
realizó la sutil y evidente,
fugaz y absoluta presencia del alma!

¡Sí! ¡Que venga la luz a raudales,
a diluvios ardientes de llamas!
¡Que me fluya del fondo del cráneo,
y al último cráneo dilate su cauda!
¡Que se colme mi ser de justicia,
del afán de ser justo sin saña,
y lo mismo que a un campo sembrado
me broten verdades eternas y mansas!

Aunque hieran los ojos del sandio
que prefiere no ver lo que palpa;
aunque surjan tan recias que rompan
sus torsos ciclópeos, mi mísera entraña;
¡Aunque ya no me quede cerebro
para hilar las ideas más vacuas
y me tienda sin fuerzas, idiota,
contando las olas del mar, en la playa!

Si el Amor electriza sus carnes,—
el Amor que prolonga las razas,
que los pies de marfil de Itacto
besó con sus besos de nardos y ascuas;—
yo no sé qué lupercos infames
a tender ese tálamo bajan;
yo no sé de qué vientre surgieron
aquellas legiones de vicios con alas.

Primer vago rumor en el nido,
primer vago matiz en la rama,
primer vago fulgor en el cielo,
los niños; pichones retoños y albas.
Pero nunca sonríen aquellas
mañanitas del polo nubladas;
querubines de Dios... ¡querubines
que bregan cubiertos de pupas y canas!