¡Valerosos impunes pichones
que del nido paupérrimo saltan
y a buscar su comida comienzan,
nacientes el pico, la felpa y la garra;
valerosos rapaces que tornan
con sus tiernas manitas manchadas,
a llenar, como próvidos padres,
las faldas maternas de ricas migajas!

Como tienden al sol los rosales
que tenaz el taladro taladra,
sus dolientes pimpollos lo mismo
que tiende sus brazos la vieja traviata:
su precoz pubertad es el gesto,
la sonrisa senil de las razas:
floración de sepulcros, pimpollos
que tardos, muy tardos, en fruto se cuajan.

Enfermizos, nacientes pimpollos
cuyas hojas de seda desatas
con tus artes de fauno... ¡con esos
deleites sombríos que tú no declaras!
Satinados pezones que sucias,
callejeras deidades arrastran
y recoje y estruja y exprime
quién sabe qué mano de prócer, malvada.

Miserandos capullos marchitos
con que nutres el horno y la fragua
como quien alumbrase sus noches
con rayos pedidos al sol de mañana,
como quien recubriese sus minas
con los propios diamantes que guardan...
¡salvación del afán de un minuto
con toda la serie siglos que faltan!

Como aquellos duraznos salvajes
que comercias a sendas barcadas,
exquisitos algunos, carecen
de rojos matices, de pulpa y de savia:
cuando trueca su flor en espigas,—
si en la vil soledad no se mata,—
como fruto silvestre de bosque,
de ser una vida rodando no pasa.

Y una vida vulgar es un cofre
de inseguras, de fáciles tapas,
donde mete cualquiera sus manos
y el pobre tesoro completo le saca;
pero hay vidas vulgares que suelen,
como ciertas anónimas arcas,
ocultar cautelosos resortes
que saltan a veces... ¡y a veces no saltan!

¡Cautelosos resortes!... Lo mismo
que los raudos cohetes traspasan
el capuz de la noche y se vuelcan
a chorros de luces brillantes y varias;
de la mar bonancible, sumisa,
de vulgares cabezas humanas,
brotan siempre la curva silbante
que vuelca sus luces o rojas o blancas.

Lo ruín, lo vulgar; el repuesto
del templado cordaje del arpa;
las torcidas virutas endebles
que va como rulos dejando la tabla:
la porción de color que pudiera
ser mejilla, ser labio y es granza...
¡material de proyectos divinos
que sirve de cuñas, andamios y gradas.

Como ruedan las noches de invierno,
prematuras y torvas y tardas,
sobre cada primor de las yemas
poniendo colgajos de crudas escarchas,
va también su vejez a dormirse
del osario común a la zanja,
sobre cada ilusión que despunta
poniendo seguro, mordaz epigrama.

Porque toda vejez se defiende
de los rayos del sol que se alza,
circuyendo su calva de nimbos
y echando a la joven burlonas miradas;
porque toda vejez disimula
su rencor al placer de las alas,
desdoblando feroces antenas
que hieren precisos la nota que falla.