Porque a cada ilusión que perdemos
una fúlgida luz nos apagan
y un nidal de pichones azules
del fondo del pecho nos hurtan y matan:
¡y aquel antro se puebla de sombras
que maldicen la lumbre del alba,
y aquel nido desierto y helado,
se colma de sendas tarántulas bravas!
Mas cual esos heroicos guerreros,
cuya tez embellecen y manchan
cicatrices de sable y estoque...
con otras habidas en otras campañas;
por la tez de mi plebe proterva,
por sus manos roñosas y flacas,
el afán del oficio depuso
la tosca y excelsa señal de la garra.
Y así como los tales ilustres,—
descreídos, borrachos y mandrias,—
en las cuevas del pecho mantienen
cual santo rescoldo, la fe de su patria;
por haber ejercido de mártir
en la ruda, perpetua jornada,
yo no sé qué fulgor indecible
de gran sacerdote, sus ojos irradian.
Como aquel rapazuelo sin padres
que te sirve de pie mientras yantas,
cuanto más te retiene la gula
más fría recibe la sobra que traga:
mientras cubre de goces tu vida,
mientras llena de luz tu morada,
su ración del placer que te sobra,
se cubre, se llena de pútridas larvas.
Y cual esas mujeres abyectas
que te sorben la bolsa y el alma,
simulando llenar tus deseos
con una presteza de madres y hermanas:
cada vez que cualquier beneficio,
tus umbrales de pórfido baja...
¡baja un garfio voraz de drenaje,
un buzo equipado de recia escafandra!
¡Yo diviso diez lojas ardientes
que conminan la gleba reacia,
cuando miro tus dos manecitas
jugar en sus lomos de acémila exhausta!
¡Yo percibo tu voz alentando
la jipante cuadriga cansada
cuando veo caer tus coronas
en esas virtudes sombrías y flacas!
Yo me tapo los ojos y tiemblo
cada vez que sus dotes alabas:
me pareces un boa del Chaco
que ya la fascina, que ya se la traga;
me pareces un pulpo inhartable
cuyas tenias flexibles alarga
y en las carnes del náufrago inerte
succiona la chispa final de substancia:
Me pareces un torpe cruz roja
que la quiere sentir consternada
y lo mismo que un sátiro ebrio
le busca, le frota, le lama la sarna...
¡Caridad es pillaje, comedia,
vanidad, precaución, diplomacia,
relucientes retobos que cubren
la bola de mármol del alma pagana!
Como aquellos hipócritas canes
que regresan contritos al alba,
rasguñando tu puerta febriles,
con sordo gruñido suplican y llaman:
a la faz de las puertas de bronce
que la Luz de la Sombra separan,
gemirán con gemido espantable
tus más soberanos ingenios y famas.
Y cual ven al pasar los obreros
que al par mismo del sol se levantan,
a los lacios, tenaces mastines
que lamen gimiendo la puerta cerrada:
las legiones de siglos y siglos
que lo Eterno en lo Eterno derrama,
mirarán al pasar a tus grandes
batiendo afanosos las áureas aldabas.