Y así como los amos del perro,—
ya la sombra nocturna pasada,—
vagamente recuerdan que alguno
quién sabe ni cuándo ni dónde lloraba:
la flamígera mente absoluta
que al nidito de tórtolas haja,
puede ser que sospeche algún día
que suele ser genio la pécora humana.

¡Sí! Cual esa fugaz arenilla
que en las losas del pórtico vaga,
cuando silban los vientos airados
y al ras del arroyo sus sondas arrastran:
por los blancos pretiles del cielo
y a la faz de su puerta sellada,
rodarán reducidos a polvo...
laureles, retortas, diademas y espadas.

Pues lo mismo que al joven recluta
que reduce cobarde su talla,
le despojan furiosos y cuasi
le miden y escrutan las mismas entrañas:
para dar con el peso preciso
de la brizna de Amor que alentabas,
tendrá Dios que arrancarte a montones
las púrpuras necias que ciñen tu alma.

De la propia manera que cuando
la jauría descubre la caza,
si es algún jabalí temeroso,
ladrando los canes parece que hablan;
tu fortuna, tus leyes, tu ciencia
que no fueron,—no, nunca,—cristianas,
si perciben su faz en la sombra,
clamando castigo parece que ladran.

Y así como Eliphas esgrimía
su torzal de retórica sabia,
cuando Job delirante, rugiente,
royendo su podre con Dios altercaba
cualquier lengua señora del verbo
pretendió conducirla y salvarla...
¡si el Dolor es de Dios, Dios lo guía
y el mismo trabajo secreto trabajan!

Cuando da su pulmón el sonoro
resollar del titán que batalla:
cuando rompe los aires cerúleos
a enormes rebatos de viejas campanas
cuando brilla su faz a las rojas
claridades del odio y las llamas:
cuando va deponiendo cabezas
ya rubias y locas, ya graves y calvas.

Habrá siempre malignas y ocultas
filtraciones de hiel en su alma:
habrá siempre dos manos cubiertas
de gruesos diamantes que compren y aplaudan:
habrá siempre chispazos perdidos
que fulminen las trojes humanas:
habrá siempre fanáticos ebrios
que azucen al dogo por pura jactancia...

¡Habrá siempre, jamás en tus puertas
de valioso marfil incrustadas,
rajadura secreta por donde
vislumbre tu siervo verdades amargas!
¡Habrá siempre detrás de tus tronos
un Luzbel que les roa las gradas
y un bufón ofendido mostrando
que son deleznables montones de paja!

Como no se concierta la sierpe
con la sierpe vecina y hermana,
para dar un asalto de lenguas
regidas en orden, al tigre que pasa:
pero como la sierpe que yace
respirando rencor solitaria,
si la pisa la fiera se torna
silbante, furente, y el dardo le clava:

Cuando ya un dolor excesivo
de su torpe modorra la saca,
reacciona feroz y acomete
la insignia primera de mando que alcanza.
¡Porque nunca el Dolor tuvo tiempo
de inventar y medir represalias,
y atropella por sí; por impulso,
por ley, por instinto, por lógica innata!