Como va por el foso la Vida
de sutil fetidez rodeada;
como yacen los limos profícuos
detrás de sus vuelos de fúnebre miasma:
como triste, deforme, difusa,
la materia del caos aguardaba
los acentos de Dios que dijesen,
¡sé nube, sé piedra, sé carne, sé planta!

Así van las burbujas de gloria,
las virtudes más bellas y mansas,
por el ancho zanjón del arroyo,
prolijas y sordas, latentes y bravas;
así espera mi pulpa del genio,
fluctuante, deforme, callada,
la presión del Arar que decrete
su toga, su lauro, su cetro, su tiara.

Y cual brotan del mar esas nubes
que simulan paisajes de nácar;
como luego, por múltiples modos,
regresan y siempre la mar las exhala:
no son más que vapor de sí propia
tiranías, alcurnias y famas;
flotarán esas nubes el tiempo
que floten y rujan abajo esas aguas.

La crearon las leyes eternas
al tomar al Dolor como causa
y al poner la noción de lo Puro
por fin, por objeto de todas las ansias:
pero aquel bravo vivo doliente,
para dar con la Luz que le llama,
requirió sus declives y cauces,
su plan y esqueleto de leyes humanas.

Y así fueron las leyes... tus leyes,
que no salen jamás de una pauta:
la feroz oriental que produjo
los clásicos moldes de todos los parias;
la que dió sus pacientes ilotas
a la hirsuta virtud espartana;
la de Roma imperial recubriendo
de fúlgida gloria, cadenas y lacras:

La del recio trotar de barbarie
por la fría cultura pagana,
que llamó cosa vil al vencido,
gordura del campo, terruño con alma:
la cruel de tu ciencia de nombres
desatando las turbas incautas,
para verlas correr delirantes
detrás de rotundas vacías palabras;

La presente, la tuya, la nuestra,
la que tanto retocas y lavas,
la que llena de tildes al débil
y al fuerte le carpe y alfombra la cancha...
rufianesca noción de un querube
cuyas dobles, amplísimas alas
¡recubrieran cual toldos discretos,
los torpes deleites de quien las pagara!

Sólo fué la grandeza que gozas
por su fiebre de hacer, consumada...
¡mis hormigas de Dios, si quisieran,
con finos buriles el aire labraran...!
Mal oliente sudor de cuadrilla
sangre vil de las hordas en armas:
cenagoso caudal que tú riges...
¡lo mismo que rigen al mar sus resacas!

Si reclinas tu faz en el globo
como quien su pulmón auscultara,
cual recogen echados en tierra
los indios errantes la voz de la Pampa;
sentirás el traqueo solemne,
de su heroica labor cotidiana,
cual si fuera timbal ese globo
y en él repicase la Vida su marcha.

Si tu yunta pujante sujetas,
al plebeyo camino te bajas
y un puñado de polvo recojes
del mismo que bate la yunta que piafa:
cogerás un terrón del progreso
que sobó como el pan con sus palmas,
sentirás el hedor de la sangre
que puso diademas a todas las patrias.