Si cual un catador eminente
que cien viejos borgoñas compara,
comparando la sal de los mares
en todos los mares tu crátera escancias:
brindarás con el férvido mosto
de la carne de chusma que tragan,
con el trágico néctar del simple
que fió de los genios que tú desamparas.
Si registras el haz del planeta,
si sus dos hemisferios indagas
cual pudiese la tigre llorosa
buscar sus cachorros por cuevas y zarzas:
no verás un rincón del desierto
donde fije un pie la canalla,
buscarás el solar, sin hallarlo,
de aquel que tu feudo triangula y dilata.
Si barrenas la costra terrestre
más allá de las últimas napas,
como un niño voraz con sus dedos
perfora y vacía su propia naranja:
sacarás el serrín de los tristes
que debajo del suelo trabajan...
¡se cerró como un puño el abismo,
tal vez protestando de recua tan mansa!
Si tu joya más breve, más necia,
con tu rítmica mano contrastas,
como aquellas matronas que buscan
a graves tanteos los granos que faltan:
sentirás un imán prodigioso
que tus hilos de nervios alarma...
la pasión del orfebre ¡que puso
tremantes de vida las prendas que gastas!
Si lo propio que sueñas dormido
con un hecho anormal de tu infancia,
las arenas del circo rehaces
adonde moría la chusma cristiana:
a verás fulminar los excesos
faz a faz de Nerón que los ama:
faz a faz de la cruz y los garfios
cantar ideales, cantar esperanzas.
Y si como entre sueños consigues
prolongar los que más se regalan,
tu visión expectral prolongases
y en cuevas y osarios la noche pasaras:
la verías cavar en las tumbas
el zanjón de la tumba pagana,
la verías alzar los altares...
¡los mismos altares que ya no la salvan!
Si del reino ideal de Minerva
desarrollas y extiendes el mapa,
y persigues en él fríamente
la ciencia más pura, la más algebraica:
convendrás que tu triunfo primero
triunfo fué de la humana ignorancia,
y hallarás que los sueños de un loco
van siempre alumbrando cualquiera vanguardia.
Si tus graves filósofos abres
por sus hojas más plenas y sabias,
con el propio fervor con que buscas
los versos mejores del vate que aclamas:
no verás en las hojas aquellas
nada más que un montón de palabras
que fulguran, a veces, la chispa
del Sancho del siglo, la zona y la raza.
Si a tus negros presidios penetras,
en tus patios ruidosos te paras,
en la jerga del preso meditas
y acoges y estudias los dijes que labra:
sentirás que tu lengua y tus artes
de los fondos humanos arrancan,
como van por el cieno, latentes,
los lirios, los nardos, las rosas, las dalias.
Si visitas en noches de planes
de Caín y de Caco las aulas
y su bronca función de poderes,
la tuya de felpa, prolijo comparas:
hallarás con horror y amargura,
que tus goces orgánicos bajan
y concuerdan con ese del crimen
tan justo, tan fino manejo de garras.