Si la lívida frente del santo
con genial entereza trepanas,
y en sus nobles abismos arrojas
ecuánime, libre, sedienta mirada:
hallarás la molécula misma
de algún cáncer atroz de cloaca,
que pasando de padres en hijos
abrió candorosas clemátides blancas.
Si en tus rondas nocturnas asieras
al primer ganapán que pasara,
como quien al azar, distraído,
cualquier retoño del árbol arranca:
detenerlas al César del orbe
que sin rumbo ni séquito vaga,
mientras alguien combina sus horas
y el trono y el cetro de rey la depara.
Si la pulpa del vago, del ebrio,
del peor, del más ínfimo palpas,
como quien al buscar una perla
registra la zona más vil de una casa:
sentirás sollozar esas mudas,
adiposas, abyectas piltrafas
con el hondo plañir de los astros,
que se hunden por siempre jamás en la nada.
Si la voz del silencio interrogas,
del febril, del genial, del que brama,
del que llena de sangre los cráneos,
tañendo sonoras campanas de plata:
pasará galopando mi Chusma
por las teclas de luz de tu alma,
cual si Dios, con sus manos, pulsase
la gran sinfonía final de las causas.
Jadeante, grotesca, inasible:—
por tenaz, por insólita y vaga,—
soportando por siglos de siglos,
minuto a minuto la cúpula humana:
así está la misérrima plebe,
la inmortal invencible alimaña
que los tercos lebreles vigilan
y acosan y aturden y aprietan y aplastan.
¡No! ¡No puede quedar en mi Chusma,
nada más que la torva mirada
con que atisban, tahures vencidos,
sutiles, absurdas, quiméricas trampas!
¡No! ¡No puede sentir en su pecho
nada más que rencores de paria,
y el horresco furor de que todo
reviente y en finas moléculas caiga!
Ni podrás vaporar para siempre
las barreras de hiel que separan
la mansión de las risas amables,
de aquel «pandemonium» de sombras airadas,—
¡nada más que poniendo tus labios
donde mismo supuran sus llagas,
nada más que llenando tus leyes
del fuego divino del alma cristiana!
Ella ve desfilar tus manjares
en tus platos de Sévres y plata,
mientras yace rendida, gimiendo
debajo del bofe que cuasi no alcanza:
y pues tiene tus órganos mismos,
cualquier vez esos órganos mandan,
¡y sin dar una voz, cual un dogo
del menos culpable la faz ataraza!
Ella siente la péndula loca
de tus días felices, que pasan
como fresca visión capitante
de ninfas que ríen, de senos que saltan:
y pues tiene sentidos y tiene
por tenerlos, pasiones y ansias,
¡con su gran maldición de sedienta
maldice, hasta mismo, tu vaso de agua!
Ella ve tus pasiones que vienen
con talantes de santos y santas,
reprimiendo gazmoñas, en ella,
la mínima culpa, la mínima falta;
y pues tiene noción de lo justo,
de no sé qué suprema balanza,—
¡tu disfraz de Catón la sulfura,
y enloda y escupe tu clámide blanca!