Ella ve florecer tus virtudes
donde mismo resultan premiadas,
cual escogen, sagaces, las hiedras,
la sombra jocunda de cedros y tapias:
y pues ella, la gran perseguida,
sabe bien el coturno que calzas,
cuando pisa tus pisos de roble,
sospecha que pisa diabólicas trampas,
Ella ve que tu ley no sostiene
ni el derecho ni el bien que consagra,
cual un zarzo ruín que doblegan
los rubios, copiosos racimos que carga:
y pues ella prefiere los frutos
al sostén deleznable de cañas,
menosprecia tus leyes viviendo
la vida salvaje del puño y la daga.
Ella ve que cualquier sacerdocio
pone tren con la fe que levanta,
como aquellas mujeres que dicen:
¡más oro, más lujo de quien más nos ama!
y pues mora Minerva en su cráneo,
y pues vive Jesús en su alma,
¡ni respeto ni amor le despiertan
tus borlas de sabio, tus cruces de plata!
Ella ve que poder y fortuna
con tu solo sudor no los ganas:
que las flores no son del que riega,
sino del dichoso señor de las plantas:
y pues ese deber sin derechos,
del nivel del señor la rebaja,
¡le parecen dogales malditos
los clásicos yunques, las nobles azadas!
Ella busca la vida del ángel:
de la simple función soberana,
del dominio total de las olas
que el cerebro ciñen turbantes de llamas;
y al sermón del trabajo que suelen
predicar los que nunca trabajan,
magistrales modelos opone
de trágicos robos, de finas estafas.
Ella siente brotar en sí misma,
como sienten sus yemas las ramas,
la legión palpitante de sueños
que tientan, que buscan la luz de mañana:
y ella ve que su propia belleza
de lamentos del vientre no pasan:
pues un sólo mendrugo que baje,
cien días... ¡mil días de sueños aplasta!
Ella mira flotar en la zona
del poder, el honor y la fama,
las torcidas pasiones aquellas
que sólo merecen el fuego y el hacha:
y al buscar el abismo sin fondo
donde deben caer fulminadas,
¡con espanto sublime las oye
nombrar supervidas y cumbres humanas!
Y volviendo su rostro a sí misma
de sí misma dudando, se palpa;
y al mirar otra vez, le parece
que todos un mismo secreto se pasan:
y cien claros dilemas terribles
la postrer ilusión le desgarran;
¡y una risa glacial y cortante
del fétido fondo del hígado, lanza!
Formidable, diabólica risa...
si Luzbel sus cavernas dejara,
en los templos de Dios penetrase
los días que visten de luces y galas,
y riése de aquel artefacto
de cartones y tules y panas:
su rajante, su právida risa,
¡no, nunca pusiera más bajo las almas!
Desquiciante, profética risa...
cual retumba la bóveda vasta
y al tremendo tronar, trepidando,
sus áureos, bruñidos estucos se rajan:
¡tal cuartea los tenues revoques,
tal asorda la bóveda glauca
del templo gentil del ensueño,
aquella pujante, bestial carcajada!