Esc. ¡Valga el demonio la vieja enredadera! ¿y fuera mucho que me escusára con la otra, pues hoy tal lance á mi causa ha echado? sino que piensa que diciendo que me espere áun me pone en gran cargo; pues, no las ayude Dios más, que ellas de mí lo lleven si del Perú no me viene, que, por el sacrílego robo de Elena, treinta saltos dé sin que se me caiga blanca, y de pelado regatease la soga, como dicen.

Dol. ¿Qué dices, Escalion? ¿viénesme por ventura royendo las faldas? No lo debes hacer, que de cierto no es pequeña la buena voluntad que yo te tengo, y si tienes alguna necesidad, dilo luégo, no hayas vergüenza, que quien no habla no le oye Dios.

Esc. No digo, madre, sino que reniego de los trasuntos de Balcebú, porque á tal tiempo me vino esta necesidad con que mi palabra ha de venir á ménos.

Dol. Agora, hijo, confia en Dios que todo se hará bien; mas ves aquí mi posada, mira si quieres entrar.

Esc. Tornarme quiero, pesar de quien me parió, que ya no osaré parecer donde gentes hobiere; quédate á Dios, madre, que yo pienso de hacer algun hecho que sea sonado, que de dos males el mayor se ha de evitar, que es que no se quiebre mi palabra.

Dol. El Ángel bueno te acompañe, hijo. Tá, tá, tá.

Lel. ¿Quién llama allá fuera?

Dol. Abre, Lelia, que yo soy.

Lel. Madre, enhorabuena vengas.

Dol. Dime, Lelia, ¿qué hacen esas mochachas?