Lel. Sube y vellas has echadas, que áun agora duermen el sueño de la salud.
Dol. Bien me parece que otro ha de ganar lo que ellas han de comer, mas pase, que agora tienen tiempo; dime, ¿ha venido álguien á buscarme?
Lel. De parte del tiniente, á quien llevaste la moza ántes de ayer, te enviaron dos pares de perdices con muchos perdones á vueltas.
Dol. Dios le dé de sus bienes, que sabrosas serán por ser de las rentas de Dios escotadas.
Lel. El mercader de Claudia vino luégo como que tú te fuiste, y ha estado con ella y se ha ido.
Dol. ¿Qué truxo?
Lel. Una saya naranjada que cantusó á su esposa, para Claudia, y un manto razonable guarnecido, para tí.
Dol. Andar, agua vertida no toda cogida; de quien no nos debe nada buenos son cinco dineros; dime si ha venido otrie.
Lel. La desposada, que tiene el joyel empeñado en los dos ducados, vino muy asustada por causa de estar hoy convidada en casa de su esposo, y por no estar tú aquí hube yo de ser el zurujano; y áun, por mi conciencia, que pasó un mal rato por no ser yo buena maestra, en pago de lo qual me dexó esta sortija de oro.
Dol. Bien haces, hija, de ensayarte temprano, que, por mi salud, quando grande te lo halles y dello no seas pesante; mas la sortija me viene á mí de derecho, por ser tú aprendiz en mi casa.