Lel. Madre, yo te la daré; mas déxamela traer algun dia primero.

Dol. Muestra, boba, que no es anillo en el dedo, sino honra sin provecho, y tener siempre cuidado no se pierda sin lo sentir, lo qual, si acaesce, da doblado pesar que recreacion con él han tenido, y por tanto será bien que me le des, que quien quita la causa quita el pecado.

Lel. Toma, madre, que más quiero ser yo pesante que tenerte á tí descontenta; los dos ducados están entre las almohadas de tu lecho.

Dol. Bien está todo eso; dime, hija mia, si me ha venido otrie á buscar.

Lel. No, madre, no ha venido otra persona alguna.

Dol. Pues, hija Lelia, tráeme aquí lo necesario para un conjuro; eso mesmo, los vestidos rotos de mujer mendicante y pobre, que con ellos tengo de ir á cierto negocio.

Lel. Madre señora, ves aquí he traido los vestidos que me pides y eso mesmo lo necesario para el conjuro, que es: el ólio infernal, las candelas del cerco de la otra noche, el ídolo de arambre juntamente con la bujeta del ungüento serpentino, la lengua del ahorcado, los ojos del lobo cerval, la espina del pez rémora, los testículos del animal castor, el pedazo de carne momia, y las taleguillas de las hierbas del monte Olimpo que truxiste el dia de Mayo. Mira si es menester otra cosa.

Dol. La redoma azul pequeña, con el agua del rio Leteo, me trae tambien.

Lel. Vesla aquí, madre, ¿quieres más?

Dol. No, sino que cierres bien la puerta y arriba te subas.