Lel. Hecho está, madre.
Dol. Yo, la maga y gran sabidora Dolosina, enseñada en las artes del mago Simon, sin falacia ni engaño, á tí, Pluto, rey y señor predominante en las tremendas y espantables tinieblas del Erebo y reino infernal, donde el rio Cocito, con sus negras y oscuras aguas, por las breñas y rocas, donde las sombras hacen su habitacion se despeña; juez soberano entre los rectísimos pretores. Minos, Caco, y Rodamante, veedores esecutarios en las causas de los afligidos pasajeros de Caron, domador, eso mesmo, de las terribles y no domables fuerzas de las tres tartáreas furias, Alecto, Megera y Tesifon, con las virtudes ocultas de los presentes materiales te conjuro: á que dexado tu cetro y silla real, vengas con aquella obediencia á que me estás obligado tú, en pago del dedo cordial que te tengo ofrecido, á me servir, y sin engaño ni aparencia fingida, cumplas en todo y por todo, mi querer y voluntad; y si tu imperial persona, en otros importantes negocios ocupada, tuviera por enojosa esta venida, por el tanto, con tus veces y grande poder, á mi fiel familiar Escarcafierro me envia, el qual en esta carta que presente tengo, se encierre, y siendo en manos de Isabela puesta, de la manera que esta imágen de arambre es abrasada con estas virgíneas candelas, así su corazon con fuegos excesivos en el amor de Selvago se encienda, matando con la presente agua del olvido, traida del infernal rio Leteo, todos y qualesquier amores que en otras personas haya puesto; donde lo contrario haciendo, no sólo de tu poder y persona blasfemaré, mas con todas mis fuerzas te seré capital enemiga y cruel competidora, donde, con buen seguro, que en mi poder te llevo, con estas armas de fingidos vestidos, á comenzar la dubdosa batalla me parto.
CENA TERCERA DEL TERCER ACTO.
En que Dolosina, de muchos temores acompañada, en hábitos de pobre mendicante va á casa de Polibio, y fingiendo pedir limosna, en el aposento de Isabela, guiada por Cecilia, entra, donde con muchos rodeos alguna parte de su mensaje le declara; lo que por Isabela entendido, ignorando de qué parte viniese, ella y Cecilia con las almohadillas de labrar le dan muchos golpes, hasta que fingiéndose por muerta, estando ellas un poco descuidadas, se les va huyendo, dexando allí la carta de Selvago. Introdúcense:
DOLOSINA. — CECILIA. — ISABELA.
Dol. ¿Áun qué sería si hubiese la vieja Dolosina de pagar hecho y por hacer, en este camino? que por mi salud, mirando bien en ello, en gran peligro voy, especialmente con el hábito que llevo, que sólo en ser conocida cae mi vida en gran riesgo; pues los agüeros que he visto lo adoban. Dos falcones maltratando una graja se me representaron en saliendo de mi casa; poco más acá vi en el suelo una lechuza muerta; el primer hombre que al encuentro me vino, sobre ser cornudo, le dieron este dia de palos: bueno va todo, quiera Dios no sean badanas, que en este oficio, y en un caso semejante al que agora voy, dexó mi abuela Claudina la vida por las costillas en manos de los criados de Theofilon; pues mi madre Parmenia indicio hay de que por otro tanto en Milan la mataron á talegazos. Ahora bien, sea lo que fuere, venga lo que viniere, que piés malos camino andan. Dolosina es astuta, y lleva buena compañía, quanto más que si con la empresa salimos, más me valdrá de cien síes renovados, y por tanto, haldas en cinta priesa á caminar rico ó pinjado, muerto ó con gran ditado, de una vez que á todo riesgo un jubon sin mangas, ó un almilla de plumas, podrémos medrar. Mas agora esfuerza, esfuerza, Dolosina, ten buen corazon, que el tal quebranta mala ventura; pues que la puerta de Polibio se muestra de enfrente, y nadie parece, de rondon me entro, que el hábito lo demanda, y adios: ¿quién será esta doncella que á mí se viene? Cierto no sería poco tenella de nuestra parte; quiérola hablar blandamente, que buenas palabras valen mucho. Hija hermosa, dicha buena hayais en todo lo que mano pusiéredes, ¿recibiria de vos tanta gracia que delante de la señora Senesta me pusiéredes? que, mal pecado, vengo con una necesidad muy grande, y como haya sabido ser ella persona en quien las tales como yo hallan siempre gran auxilio y socorro, deseo con ella probar mi ventura por ver si es verdad lo que se dice.
Cec. Dueña honrada, mucho quisiera cumpliros vuestro deseo, mas sabed que al presente será escusado, porque está en su aposento, con mi señor Polibio, durmiendo la siesta; aunque si es cosa que en alguna limosna ó obra pia toque, mi señora Isabela la remediará.
Dol. ¡Oh, cómo he hallado buen puerto! de verdad que con tal comienzo no puede ser el fin adverso.
Cec. ¿Qué dices, madre? Si te parece, bien; si no, darás la vuelta.