Dol. ¿Qué dices, señora?

Isab. Digo que de presto concluyas ó me dexes ya.

Dol. ¡Oh mi señora, y cómo lo quieres ya saber! Pues yo te prometo que es con razon porque tú eres la que en ello ganas.

Isab. Pues ¿en qué gano yo, buena vieja? por mi vida, que tengo mil recelos de tí, y que no sé si lo que yo agora digo será falso.

Dol. Señora, no perturbes mis razones con tus inopinados aceleramientos, que si digo que tú ganas, es porque quien hace limosna adquiere provecho para el ánima, y quien la recibe, para el cuerpo; pues si esto es así, mira si ganas tú más en remediar mi cuita que yo, mas porque no recibas mayor pena de la recibida con mis largas y toscas razones, has de saber que yo fuí casada en mi mocedad con un fidalgo, y por mi mala ventura, al segundo año enviudé, quedándome de mi amado marido un hijo pequeño. Pues no contenta la fortuna con aquesto, en una noche toda mi hacienda y bienes por un fuego perdí, porque, como dicen, la miseria sigue á los afligidos y persigue á los escogidos; donde sola, que parientes ningunos conocia, y pobre desde entónces, he pasado mi trabajosa vida peregrinando por diversas naciones, siempre en compañía de mi pequeño hijo, el qual en poco tiempo creció, parándose tan fermoso y agraciado, quanto otro dubdo que en su tiempo fuese; yo, con amor de madre, mendigando, ó como pude, le hice enseñar las gracias que á un gentil mancebo convienen, entre las quales la música en gran manera en él floreció, ayudando su melodiosa voz, en tal manera que espanto á quien lo oye ponia; pues, estando yo algo con él consolada, y ya á su causa con algun remedio, hubo en una ciudad donde estábamos con otro mancebo una question, en la qual su contrario perdió la vida, y por miedo de la justicia aquí nos venimos, do pasamos grande laceria por causa que á mi hijo una grave dolencia le ha sobrevenido, de que mi afortunada vida en tal manera se ve congojosa y fatigada, que la muerte excesivamente desea por ser su postrimero remedio.

Isab. Pues, dueña honrada, ¿qué me pides agora á mí para en eso?

Dol. ¡Oh mi buena señora! ¿quieres que te lo diga? sabe que lo que yo de tí para su mal quiero, es tu soberana gracia.

Isab. Buena vieja, en gran confusion me ponen tus palabras; mas di, ¿qué entiendes por mi gracia?

Dol. Que dés tú, pues eres poderosa, á aquel enfermo la vida, que por tu causa muere.

Isab. ¿No digo yo que áun en mal punto acá habries venido, doña falsa, con tus alcahueterías?