Dol. ¡Jesú, Jesú, señora! ¡Desdichada de mí! no dés voces, que no soy de las que piensas, ni mi venida es á ningun mal.
Isab. Pues dime, mala, en tales dias envejecida, ¿cómo dices que ese tu hijo por mi causa muere?
Dol. Señora, no pienses que en ello hablo de gracia, que de cierto es así, porque el pobre que con necesidad muere, el rico que dello fué sabidor le mata, y si piensas que en ello te engaño, pregúntaselo á todos los doctores santos, y verás si es así; más desdichado fué mi nacimiento, que bien sé yo que dicir la verdad amarga, y por esto me has afrontado mis canas, pero sea, que más pasó Dios, y sus siervos más han de pasar, aunque ni por esto de tal cargo seré acusada, que por no me avergonzar á los que tienen, mi hijo con suma necesidad pereciese.
Isab. Yo te cogeré á las palabras, doña raposa, y áun, por mi fe, que pienses llevar lana y vuelvas sin cuero.
Dol. ¿Qué dices, señora? ¿pésate ya por lo que dixiste? si así es, yo te perdono, pues por ignorancia pecaste.
Isab. Anda ya, anda, buena vieja; á otro perro con ese hueso, que muy bien te he entendido, y sé dónde asiestas tus tiros; no te me hagas tan santa con tus palabras, pues en ellas está el engaño; mas dime de parte de quién vienes, que podria ser tu mensaje no fuese en vano; mas si de otro cabo de quien yo pienso viene, amonéstote que otra vez acá no me vuelvas, porque librarás mal, y ésta se te perdonará atento á los sermones de piedad que tú me has predicado.
Dol. ¡Ay señora! ¿y quién dices? que cierto mi venida no es más de lo que has sabido.
Isab. Dueña noble, ya te he dicho que te he bien entendido; á perro viejo, no tús tús, que ya sabes bien que de cosario á cosario no se pierde sino los barriles; por tanto dime lo que te pregunto, que en tal hora puedes ser venida, que de mí lleves buen galardon por tu mensaje.
Dol. ¡Oh mi buena hija! sabe que tu pensamiento es verdadero, y de parte de quién yo vengo por esta carta lo verás.
Isab. ¡Ah doña falsa, que cogido os he la verdad sin que la podais encubrir! mi fe, aunque vieja y yo mochacha, engañado os he. ¡Oh mala vieja, quién no estuviera avisada de las tales como tú, que con sus azucaradas y santas palabras, vienen á robar la castidad de las nobles doncellas! pues yo os aseguro que el pago que de aquí llevares será, conforme á la misericordia que á mi honestidad debo, bien igual á tus sermones. Agora ¿qué dices en esto? ¿no respondes? ¿por ventura buscas algunas escusas? pues yo te digo que te serán escusadas; mas bien será que anden las manos y cesen las palabras, que, pues á mí injuriaste, de mí llevarás el castigo. Oyes, Cecilia, Cecilia.