Cec. Señora.
Isab. Ven aquí, toma tu almohadilla, darémos un refregon á esta falsa alcagüeta, que ansí mi honra y limpieza queria robar.
Cec. ¿Qué, desas es la señora? Alto, que aparejada estoy.
Dol. Aun en mal hora acá habriemos venido, si esto así se prosigue adelante.
Isab. ¿Qué murmuras, malvada? ¿Tienes alguna escusa?
Dol. Digo, señora, que este papel es una purga que asentó hoy el doctor, y habia de costar mucho precio, lo cual á tí venía á pedir; y porque me creyeses te la mostraba, y si piensas aún que en ello te engaño, tómala y verlo has.
Isab. Esas escusaciones á quien no te entendiese, matrera, tus falsas revueltas, pues hágote saber que mal se cubre cabra con la cola; por tanto, si recepta es, recibe en ella nuestros golpes, pues escudo y capacete te falta. Alto, hermana Cecilia, á las manos, mas cierra primero la puerta, no se nos vaya el gallo.
Dol. En mal punto acá vine, que esto á dos palabras tres pedradas; me parece que vale más al fin callar, como negra en baño, que cada gallo canta en su muladar.
Cec. Ea, señora, no canses que tiene mucho pelo; y áun no siente los golpes, toma exemplo en mí, y qué tajos arrojo.
Dol. ¡Ay! ¡Ay, desventurada yo, que me fino!