Val. ¡Oh mi buena hermana! ¿y es verdad lo que decis?

Dol. Sí por cierto.

Val. Agora os quiero abrazar, que sin duda me habeis dado la vida, y si os parece, pues bien á nuestro salvo lo podemos hacer, vos á Selvago por una parte, y yo por otra á Isabela, hagámosles que compren caro el placer que esperan gozar.

Dol. En mi corazon estais, así sea; mas hágoos saber que he hoy con Isabela estado, que iba por le dar una carta, y siendo en su presencia, poco me valieron mis astucias á que no barruntase á lo que iba, y ella y una su criada me dieron un trato de cuerda con sus almohadillas en que labran, que pensé perder la vida; mas libréme dellas huyendo dexándoles en un rincon la carca.

Val. ¿Dijístesle de parte de quién íbades?

Dol. No hubo lugar.

Val. Pues en eso estuvo el error; mas, pues ya pasó y no puede dexar de ser, íos á vuestra casa, que yo quiero llegarme allá, y con lo que negociáre, á vos acudiré.

Dol. Bien me parece eso; mas debes de procurar que ella le escriba una carta, en que lo mande que esta noche á la hablar por alguna secreta parte se llegue, que si ella le ama, como decis, fácil será de alcanzar, y si así fuese, á mí darés provecho y á vos no vendrá daño.

Val. Bien, estoy en eso, mas todavía fuera mejor alargarles la cura para que alargáran la paga á nosotras.

Dol. No se pierde cosa en que se haga lo que tengo dicho, por tanto concluye de presto, y con la carta, si ser puede, irés luégo á mi posada.