Val. Alto, pues ansí os parece, ansí sea; no me quiero detener, id con Dios.
Dol. Él os guie, hermana Valera; ¿qué te parece, Dolosina, de los tratos y mudanzas de este mundo? ¡quán presto perdido y quán presto ganado! ¡quán poco há estaba la más afligida del mundo, apaleada, habiendo tan mal negociado, y agora alegre y regocijada! y con razon, pues las albricias que dello espero, no las trocaria por cien piezas de oro; quiera Dios que no se abuchorne la venida de Valera, que si así no es, por ciertas las tengo; agora bien, ya veo mi puerta, quiero entrar y reposar un poco, que el tiempo dirá lo que ha de ser.
CENA SEGUNDA DEL QUARTO ACTO.
En que Cecilia encuentra en el camino con Valera, y dándole el recaudo de su señora, va con ella á la ver, donde acaba que una carta para Selvago escriba en que le manda que esa noche por la fenestra de su aposento venga á la hablar. Hecho esto, Isabela da largas mercedes á Valera, ansimesmo una rica sortija para Dolosina, en seña que las amistades sean firmes; despues de lo qual, Valera va con este recaudo á Dolosina. Introdúcense:
VALERA. — CECILIA. — ISABELA. — DOLOSINA. — LELIA.
Val. ¿Es la que allí viene Cecilia? ella es sin duda; ¿y adónde endereza tan de priesa su camino? quiérola llamar, que, segun va de cuidadosa, no me ha visto. Cecilia, Cecilia.
Cec. ¡Oh madre! por mi vida, que te iba á buscar, que mi señora Isabela te ha necesidad.
Val. Alto, pues, hija, vamos quando quisieres, aunque se pierda otro negocio bien importante que agora tenía.
Cec. Así cumple, madre, porque mucho eres menester.