Val. Mi señora, así se lo podés declarar, y qual el tiempo tal el tiento; que si conforme á vuestro propósito respondiere, haréis lo que por mejor y más honesto tuviéredes, y si no, podréisle vos de su propósito desengañar, aunque para mí tengo que no será él tan desmesurado, viendo que ántes gana que pierde en el negocio.
Isab. Hermana Cecilia, ¿qué dices tú en esto?
Cec. Digo, señora, que lo que se ha de hacer tarde que se haga temprano no es mucho.
Isab. Pues dame papel y tinta, que más quiero por el consejo de vosotras errar, que por el mio acertar en el caso.
Cec. Ves aquí, señora.
Isab. Por tu fe, Cecilia, que miéntras yo escribo saques algunas conservas aquí á mi madre, en que entienda.
Cec. Ve, señora, que sí haré. Ce, madre, ¿hay posibilidad en tí para poner en cobro estas rajas de poncil con estas pastillas? Por señas que á mi señor le fueron enviadas desde Valencia.
Val. Hija Cecilia, aunque las muelas se me cayeron, encías me quedaron, que tienen sus veces.
Cec. Pues toma, madre, y si quieres que las parta ó enternezca con los dientes, porque no tomes trabajo, yo lo haré por amor de tí.
Val. Calla en mal hora, no te hagas tú Marta, la que de piadosa maxcaba el azúcar á los dolientes; pues hágote saber que hablando en véras, que fiase más en mis encías que tú en tus dientes, porque ellos te pueden faltar, y á mí no tengo temor sino que de cada dia más me sean mejores.