Isab. Madre Valera, ves aquí la carta, y á esa buena vieja dirás que si viese el pesar que tengo de lo pasado, que fácilmente me perdonaria, y darle has esta sortija de mi parte, porque algo de lo pasado se enmiende; y dirá de mi parte á Selvago que á las doce, en la fenestra de mi aposento, le espero. Tú, por lo que por mí has hecho, aunque sea bien poco, tomarás esas cien piezas de oro que para buxerías me dió mi madre Senesta este dia.
Val. Bésote, señora, las manos por mercedes tan cumplidas, que bien en sí demuestran la parte de donde proceden.
Isab. Madre, déxate agora deso, y vé con el recaudo, que de mucho más eres merecedora.
Val. Pues, hija señora, yo voy, plega á Dios que él cumpla vuestros deseos con mucha honra vuestra y de todos los que bien os quieren, porque á mí me quepa parte.
Isab. El ángel bueno te acompañe, madre.
Val. Y con vos quede, hija mia.
Cec. Madre, bien puedes salir, que no parece persona por el patio. Dios vaya contigo, y dirás á Dolosina que no tenga de mí querella, pues era mandada.
Val. Sí haré, hija, queda con Dios. ¿Qué te parece, Valera? ¿y que rechaza ésta para perder el juego? Como tan de presto has sido rica y fuera de laceria, no sino estáte en tu casilla fingiendo santidad, que allí te irá la comida por vida del turco. Fuera, fuera la burlería, sino que cada uno trabaje, y de lo que trabajáre coma y negocie por el mundo, poniéndose en peligros y afrentas, que como dicen: quien no se aventura no aventura, y quien no sufre trabajo, no goce enteramente del descanso; yo cierto poco trabajé, mas púseme en grave peligro de honra y vida, mas como la fortuna á los osados favorezca, así truxo en tan buen órden mi deseo; mas agora cese esto, que, si bien veo, la puerta de Dolosina es aquélla. Verdad es que en su fenestra está puesta por atalaya esperando mi venida.
Dol. ¿Hija, Lelia? ¿hija, Lelia? Vé presto. Abre esas puertas.
Lel. ¿Viene tu marido Hetorino, madre?