Esc. ¡Ay madre! ¿y quién ha de ir acordándose lo que de la muerte has dicho? que, por mi vida, las cabras nos has metido en el corral con tus palabras.
Dol. ¿Por eso habias de dexar de comer? anda en mal hora, ven, sentémonos.
Esc. Ojo, compañeros, veréslas, que vuestras requebradas han de ser.
Rub. Di sus nombres, y señala quál es Lelia, que por el nombre le soy aficionado.
Esc. La que trae las servilletas á la mesa se llama Claudia, la otra que anda allá dentro es Lelia, por quien preguntais; Claudia es fresca como veis y hermosa, mas Lelia es más mochacha: si os parece, lleguémonos hácia allá, y hablarlas hemos.
Dol. ¿Dónde vais, locos? venios á sentar.
Esc. Acá es, madre, sobre un ciento de bodoques: siéntate tú, que vamos á ver si las cocineras usan bien su oficio.
Dol. Pues así pasa, ven, siéntate, señora Valera, y remojarémos la palabra miéntras aquellos locos vienen.
Val. Cierto, no es malo el xarope; ¿y de dónde lo hobiste? que por mi salud jamas lo hallo sino vinagre, donde quiera que voy por ello.
Dol. Selvago me lo envió, dos horas há; con juramento, que despues he besado veinte veces el cangiloncillo en que está, que dado caso que no bebiese, me deleito de llegallo á la boca.