Risd. El primero, que en ninguna manera me lleve á vivir á Cornualla, porque es muy dañoso lugar. Lo segundo, que en todo y por todo me ha de ser obediente, y si yo la mandáre que ruede, que ella se arroje de cabeza. Lo tercero, que gobierne bien su familia. Lo quarto, que no destruya ella en banquetes y almuerzos de comadres, lo que Risdeño zanqueando á casa truxere. Lo quinto, que no me tome conversacion ni amistad con mujeres ni otras personas de mala fama. Lo sesto, que en su casa esté recogida y honesta, y por la calle sea muy recatada y amadora de honra. Lo séptimo, que no me sea demandona ni pedidora de buxerías, ni venga á decir fulana tiene esto y yo no, porque me daria á mí no buena comida, y quizá sería causa á que Risdeño, enojado, la hiciese saltar el oropel de las servillas y recibiese de botiboleo media docena de ya me entendeis. Éstos son los siete pecados más graves acerca de las mujeres en el matrimonio; otras circunferencias y avisos le daria de mí á ella.
Fler. Por verdad que estás gracioso; mas yo te seguro que con las condiciones dichas no te cases tan presto.
Risd. Ese cuidado dexalde á mí, dadme vos lo que yo pido, que podria ser que estuviese ya ojeada.
Selv. Dime, Risdeño, ¿es hermosa?
Risd. Si es ó no, á Dios ha de dar la cuenta; quanto más que, yo fiador, que algun ciego la querria ver.
Pol. Ora que Risdeño tiene mucha razon en lo que ha dicho y pide; por tanto, yo de mi parte le mando para su casamiento una pieza ataviada con una cama de ropa.
Risd. Pues, señor, me haceis la merced, señalad que la pieza y cama ha de ser conforme al cuerpo de mi esposa, porque si para mí fuese, con una de vuestros galgos cumpliríades la manda.
Pol. Agora que ansí lo digo.
Fler. Yo te mando seis pares de capas y sayos para tu cuerpo, y en nombre de mi señora esposa, todos los vestidos de mantos y sayas que se debieren dar á la novia, conforme á su estado.
Risd. Señor Flerinardo, téngoos en merced qué me haceis tanta fiesta como hace el calendario á San Juan, que le da seis capas, y vos dáismelas con sayos y todo, aunque la manda no es para en tiempo que haga aire, porque yendo con sayos y capas, no teniendo calzas, no sería mucho que fuese echando plazos por toda la ciudad; á vuestra señora esposa tengo en merced su manda, y ruego á la Madre de Dios que así la cobije con su manto, como con el suyo ha de cubrir á mi esposa.