Evand. ¡Oh mi Pinardo! ¡oh mi fiel criado! ¡oh todo mi abrigo y mamparo! tu venida sea con tanta prosperidad qual fué la del nuestro gran Cárlos en las Españas, nuevamente, llamándose Rey; dime, dime: ¿soy de muerte, ó soy de vida, ó soy libre, ó condenado á perpétua servidumbre? Dilo ya, que de tu lengua depende á la clara mi vida ó mi muerte, mi salud ó enfermedad, mi tristeza perpétua ó gozo infinito, el reposo ó el contínuo trabajo, el sosiego ó el atribulado vivir; ¡oh cómo estoy tal, que con qualquiera cosa con tanto que te apresurases sería contento!
Pin. Yo fuí, y entré en tal pié en casa de Artemia, que di la carta á Serafina, y lo que te responde es que esta noche en anochesciendo, desfrazado vayas comigo, porque en su cámara, á solas, me parece que lo quiere haber contigo; débeslo poner por obra, y dexando todos esotros círculos rodeos: aquésta es la verdad, y á la corta lo he dicho como vizcaíno, pero no tienes que pensar más de en dar recaudo á la moza, que pienso que voluntad no le falta.
Evand. ¡Oh inmenso y maravilloso Dios! ¿qué me está diciendo Pinardo? ¡si estoy aquí ó si estoy durmiendo! ¡oh incomprensible deidad! ¡oh suma y soberana omnipotencia, que de tanto bien haya yo de gozar! imposible me parece segun natura, por no ser proporcionado á mi capacidad.
Pin. Todo eso es gastar tiempo en balde y repicar en el broquel.
Evand. Déxame, Pinardo, que me hallo indigno de parecer ante la luz, que con su demasiado y extraño resplandor encandela mis sentidos, de la misma manera que el artero cazador á la no recelosa perdiz; pero dexados estos inconvenientes tan grandes que de parte de aquella angélica imágen me ocurren, ¿qué me dirás de Artemia? ¿llevarás medio que con ella concertásemos treguas, aunque fuese por pequeña distancia de tiempo?
Pin. ¿Cómo treguas? á la fe paces perpétuas y firmadas, con más que juramento, quedan concertadas entre mí y ella, pues de quebrantallas, no más pensamiento que el rey de los bohemios eximirse del mando de nuestro gran César.
Evand. Cosas estás razonando, Pinardo, dignas y más que dignas de la cautela de Horacio. Pero en verdad tan atordido estoy de lo que me dices, como el piadoso Enéas oyendo la respuesta de Apolo quando tentó de abaxar á la ribera, donde halló vagando al buen Palinuro, saje y maestro de su flota. Así que mucho holgaria de muy por estenso ser avisado de lo que al entendimiento humano, en la primera apariencia, parece imposible.
Pin. Pues así quieres, y estás de gana de comer alcarchofas, sabe que Artemia me llamó, y queriendo ser informada de quién era, le dixe dos mil mentiras; abaste que conmovida de compasion me hizo dar de cena, y áun despues echar á sus piés donde, los más abajes desechados, quedamos tan amigos como dos hermanos; y áun no le abastó la burla, sino que ya yo despedido hoy de Serafina, con tan buena respuesta como has oido, hizo á Violante que me tornase á llamar con propósito de rehacer la chaza, que no pienses que es mujer desas ni se contenta ménos, aunque el un pié en la huesa, sino una en el saco y otra en el papo.
Evand. ¿Y díceslo de verdad?
Pin. Y áun, por las reliquias de Roma y por la casa santa de Hierusalen, lo juro.