Evand. Agora digo que no fué tan gran hazaña la del Teseo de matar el Minotauro, ni la del gran Hércules en vencer al Gedeon, ni Acastus su hermano la hazaña de la muerte del puerco de Calidonia, es meaja en capilla de fraile, en comparacion del hecho tan digno de fama inmortal acabado por Pinardo; por cierto no tengo en tanto el Alcídes domar los fuertes y bravos leones de su natural, ni desterrar las arpías del rey Sineo, quanto haber tú amansado la cabeza de aquella indómita serpiente que me dices, que para tanto eres y á tanto se estendieron las tus fuerzas.
Pin. Pues es verdad que me contenté con andar jugando con ella á la zueca pella solamente.
Evand. Pues ¿á qué más podia pasar la burla adelante?
Pin. ¿Á qué? burlandillo es la cosa, á la fe, que le hice dar señal, así como hacen los nigrománticos al conjurado espíritu, y como quien no quiere la cosa, no me dió sino treinta doblas y en la burjada vienen.
Dav. Sí, por la pasion de Cristo, en la bolsa las trae.
Evand. ¡Por el omnipotente Dios, tanto milagro me paresce eso como ver volar un buey! y más has hecho que si en la plaza de Túnez las ganáras cativando algun moro; y pues tan buen recaudo has puesto, llama acá al contador y hágate una libranza de trecientas dramas de oro, para cumplir tus necesidades.
Pop. Eso tengo yo, en buena fe, por mayor milagro, y áun por obra bien sobrenatural.
Pin. Dios, señor, te consuele y te acreciente la vida y estado, y, como creo, que vienen á pedir de boca para lo que allá dexo medio tramado ó texido del todo.
Evand. ¿Qué, por tu vida? cuéntamelo en presencia de todos y sin que cosa dexes por recitar, que muy agradable me será oirte.
Pin. Has de saber que yo que me abaxaba, andando de bien en mejor, llamóme Violante á su cámara, diciéndome Ilia, porque aquel nombre era el que allá me llamaban, y yo, pensando que queria otra cosa, ni quitó ni puso, salvo cerrar la puerta y ventanas, y abrazóse comigo fingiendo que no sabía quién yo me era habiéndome visto en la lucha con Artemia; y mia fe, yo no supe del fuero de que vi que aquella bobilla se cebaba del aire, salvo encabestralla, porque se acordase del juego, y en fin, nos venimos á conocer, y la apacigüé con que la di la palabra de casarme con ella.