Selv. Mira dó te manda que vayas el señor Flerinardo.
Risd. ¿Es para matar á álguien, por ventura? sea, que mi buena disposicion á más que eso me convida.
Fler. Vén acá, amigo Risdeño; tú has de ir por el monesterio de la Trinidad y adelante, á do este dia estuvo el que volteó en la maroma, mira acaso si ves á mi criado Escalion por allí, y dirásle que mucho espacio es el suyo para en la priesa que estoy puesto.
Risd. No más, señor, que yo se lo diré, y si fuese necesario le daré una fraterna; que sin dubda en algun bodegon con alguna dama quintañona se debe haber detenido, como suele.
Fler. Anda, que no es de los que piensas; mas escusado es, que ves, allí viene.
Risd. ¡Oh hi de puta, y qué color trae el gentil odre; parece que entró á matar el fuego de Sant Francisco, segun viene de sudando y tiznado! ¿Qué es esto, Escalion? ¿habeis andado á moxinetes y más ruin sois vos con alguna legion de sartenes ó calderas, que por cierto que pareceis poco ménos que moharrache con vuestra cara de membrillo asado en horno de pastelero?
Escalion. Ea, peonzuelo de axedres, calla, que por el terrible baladro de Merlin hé de os dar un puntapié por esos vientos, que cuando acordeis á caer no valga el real de á cuatro en el reino.
Selv. Tente, Escalion, ¿no ves que es mi criado?
Esc. ¡Oh pesar de la gruta de Hércules! ¿y no mirais las afrentas que en la cara me ha dicho el ratoncillo de monja, que juro por el acerado mazafrusto de Sócrates, por ménos que esto suelo yo poblar un nuevo ciminterio, y dar un mes qué hacer á todos los clérigos de un arzobispado?
Fler. No haya más, Escalion, que bien se ve lo que tú vales; mas dime, yo te ruego, lo que concluido dexas, y si conociste á la causadora de mi pena.