Viol. Y áun á la noche me parece á mí que es tiempo ya de dar parte, porque el rutilante Febo, ya aposentado en el ocaso, no resplandece en nuestro horizonte.
Pin. ¿Por ahí me entras? no estoy más aquí.
Evand. ¿Cómo vienes, Pinardo? ¿qué hora es?
Pin. ¿Agora preguntas eso? vámonos, mirá, señor, que anochece, y ya Filipo es venido.
Ser. ¡Vírgen María!
Pin. Él vino habrá una hora del aldea, y Artemia á mi causa le hizo entrar allá, en el postrer aposento de la casa, diciéndole que tú, señora, estabas con tu costumbre, y porque no sintieses alguna alteracion convenia que no te viese hasta mañana.
Ser. ¡Oh próspero suceso! mas dime, Pinardo, ¿qué, tan privado estás?
Evand. Ya yo, señora, te he informado de lo que pasa, por eso duerme á buen sueño.
Pin. A mí la fe, teniéndola en el degolladero, de que la vi á la colla díxele cómo estabas en casa.
Ser. ¿Qué me dices?