Pin. A la fe, ni quité ni puse; pero lo que pasa díxeselo.
Ser. ¿Y qué te respondió? así no veas contraria ventura de las cosas que más deseas.
Pin. Por el crucifijo de Búrgos, que se holgó como si viese el cielo abierto, porque ella bien vido que su mercaduría no se podia vender secreta; y por no jugar á calla y callemos que sendas nos tenemos, no hay traicion que no hará. E por concluir, me dixo á la clara que de hoy más quiere hablar á Evandro, y que la riña de Sant Juan sea paz para todo el año.
Ser. De manera que todo lo has soldado y asegurado con el hábito de hembra, y despues ándate ahí diciendo mal de las mujeres.
Pin. Yo, nunca Dios tal mande; pero vamos, señor, que el tiempo es largo y ya sabes el camino.
Evand. ¡Oh! cómo se me arrancan las entrañas en pensar que, un solo momento, me tengo de ver ausente de la vida en que mi triste y miserable vivir se sostiene.
Ser. Yo, señor, soy la que quedo tan desconsolada con tu ausencia, qual quedaron los caballeros del gran Alexandre en tierras ajenas peregrinando, ya muerto el universal caudillo; pero, pues éste es el mejor consejo, sigámoslo, y la Vírgen del Remedio te guie y lo remedie todo, como todos deseamos, conservando tan demasiado gozo como de tu vista se me ha causado.
Evand. Por el mismo camino que venimos te torna, Pinardo, que muy encubierto es; pero por nosotros podrán decir, anoche fuí y agora vengo, marido bueno.
Pin. Así acontece en estas casas recias, á la mañana la cocina y á la noche la carne; pero sube, señor, que yo quedo á cerrar la puerta.
Evand. Davo, Davo, ¿estás ahí?