Velm. Vuelve, vuelve, no huygas, Escalion, que no es sino Risdeño el enano, que toma aire á la puerta.
Esc. ¡Oh pesar del terrible Nembroth, que así has de afrentar la persona, como si fuese quien quiera, diciendo que huyese! Va la persona á ponerse á la calleja por asegurar sus espaldas pensando que tiene los enemigos á ojo, y ultrájasme dese modo.
Velm. Perdóname, que pensé que por otra causa lo hicieses.
Esc. Bueno está el pensé, por vida de mi agüela la tuerta; pues dime agora, ¿por un pensamiento que tenga has de lastimar la honra de un hombre como yo? reniego de los huesos de Brumandilon, mi padre, si una cuchillada en la cara no sufriera mejor que tal ultraje; cómo, ¿y hombre soy yo que tengo de huir?
Velm. Acaba ya, que pues te pido perdon y conozco mi yerro, no soy á más obligado; mira que ya vienen aquí los criados de Selvago, Rubino y Sagredo, que nos deben haber conoscido; no se les diga lo pasado, que sé que me culparán, porque te conocen bien.
Esc. Destos he yo menester, que de presto los torno bobos haciendo del cobarde esforzado.
Rubino. ¡Oh, señores, qué buena venida es ésta á tal hora!
Esc. El señor Velmonte nos ha menester á todos esta noche, y á Carduel con su guitarra, que todavía nos darémos una buena holgadura.
Sagredo. Alto, voto á Mares, que yo llevaré tambien mi ruiseñor, que no sonará mal con la guitarra.
Esc. Pues haced llamar al paje.