Val. Propio viene, porque ansí encadenes tú á Selvago; ansimesmo son menester dos vasos de plata para poner ciertos liquores.
Isab. Dos jarros tengo allí que no se acuerdan en casa dellos, buenos pienso que serán.
Val. Tambien has de proveer de algunas conservas, mas eso quede á tu arbitrio, porque qualesquiera bastarán; y finalmente, esa colonia de carmesí que tienes ceñida habrá de ir allá, en la qual se pondrá toda la fuerza del negocio, que de todo ello te será vuelta; mas ten cuidado de te la poner al tiempo que por tu calle pase Selvago, y como lo veas venir, pondráste de manera en la fenestra que pueda él verte la colonia; mirarle has al rostro desde que asome, sin pestañear y partir los ojos dél, lanzando algunos pequeños sospiros por espacio de algun tiempo, y con solo esto que hagas verás maravillas; y áun te certifico que si en algo de lo dicho no yerras, que le ha de hablar, y áun de tal manera, que tú conozcas la operacion que habrá hecho en él el conjuro.
Isab. Plega á Dios, madre, que como dices sea, que en lo que á mí toca yo lo cumpliré bien. Resta que me digas si falta otra cosa, porque se te dé con lo dicho, que mi Cecilia lo llevará á tu posada en veces.
Val. Por mi vida, que á tí he menester que me quites la vergüenza en tanto pedir, aunque no querria que fuese tanto que nos hallásemos al cabo con nada, boqui-abiertas, cantando: Tres ánades, madre.
Isab. ¿Qué dices, madre, que no te entiendo?
Val. Señora, lo que digo es que si se pudiesen haber algunas blanquillas, que el conjuro iria más perfecto.
Isab. Dineros tengo, madre, no me tengas por pobre; mas dime qué tanto montarán las blanquillas que dices.
Val. Yo te diré: el número de siete es el más perfecto entre todos los números, y más dos sietes, y más tres, y por órden adelante en donde quiera que hobiere cabal número de sietes; mas hágote saber que el más de todo es siete sietes; sino, infórmate de los arisméticos, verás cómo te digo la verdad.
Isab. Sin informarme te creo; por tanto acaba de concluir.