Val. Digo ansí, señora, que setenta ducados han de ser, ó setenta reales, mas no será tan firme como lo primero.

Isab. Los setenta ducados te daré, y más si más pidieras, y áun en oro, que pocos se hallarán por la ciudad al presente.

Val. Alto, señora, que si las tres tocan, se habrá de quedar para mañana.

Isab. ¡Cecilia, Cecilia!

Cec. Señora.

Isab. Tráeme de mi recámara la saya blanca de grana y el manto que me puse este domingo, quando fuí á ver á mi prima al monesterio.

Cec. Veslo aquí, señora.

Isab. El tocado ó crespina morada y los dos jarros de plata, que los hallarás al suelo del arca encorada, traerás tambien.

Cec. Señora, ¿quieres hacer almoneda, que aquí lo traigo? Por el tocado dan cinco blancas, y si vos habeis puesto de vendelle á quien más diere por él, seguro le tengo, porque el caudal de la madre vieja áun no llega á tanto.

Isab. Calla, mala landre te mate, que no es tiempo agora de reir, sino cúbrete tu manto y debaxo lleva lo que pudieres desto adonde mi ama Valera dixere. Tendrás aviso si alguno te preguntáre qué llevas y por fuerza lo hubiera de saber, que digas que para que se adobe lo llevas.