Cec. Doy al demonio la vieja y sus zarzas, ¿y quándo ha de acabar? mas héla dó viene; ¡válame el poderoso Dios, si no parece que sale de la herrería de Vulcano, segun sale tiznada!
Val. Hija Cecilia, toma este ceñidor y dale á tu señora, y díle de mi parte que mucho me debe, que á gran peligro me he puesto por ella, que haga como le dixe.
Cec. ¿Quieres otra cosa, madre?
Val. No, hija, sino que la Trinidad vaya contigo.
Cec. Y con vos quede. Por mi vida, que tengo temor desto que la dueña honrada me dió, que sé cierto que ha estado en las manos de los enemigos malos. De verdad que con razon deben ser castigadas las personas á éstas semejantes, que con sus tratos perversos, no sólo ponen sus almas en los infiernos, mas á muchos cuitados en muy duros afanes y dolores, por sus falsos intereses, hacen vivir. Poco sosiego muestra Isabela, que de su fenestra me hace señas que vaya presto, haciéndosele pesado y floxo el paso que traigo con no me alcanzar un huelgo á otro.
Isab. ¿Qué me dices, Cecilia? ¿traes recaudo, que tanto te has detenido?
Cec. Veslo aquí, señora, y díxome Valera que mucho le debes por lo hecho, y que hagas con el ceñidor segun te dixo.
Isab. Dime, ¿viste por ventura lo que con él obró?
Cec. No tuve ese lugar, que se subió ella en una pieza alta, habiéndome dicho que en lo baxo esperase, y comiénzase adonde estaba un ruido que gran miedo me puso. Semejábame que daban en unas calderas grandes golpes, mas otra cosa no pude ver.
Isab. Pues, hermana Cecilia, ten cuidado de te poner en esa fenestra, que á estas horas suele Selvago pasar, y si acaso le vieres, sea yo dello sabidora.