Selv. ¡Ay de mí, el más afortunado de los nacidos! ¡triste yo, que mi gloria se ha eclipsado, mi descanso es consumido, mi alegría es desterrada y mi libertad es del todo perdida! ¡Ay, ay, desventurado! ¿qué nueva herida es ésta, que mis entrañas ha traspasado? ¡Ay de mí, que agora la siento, agora la hallo, agora me duele, agora me lastima, y finalmente, agora por ella pienso perder la vida! ¡Mozos, mozos!
Risd. Señor.
Selv. Dime por tu fe, Risdeño, ¿adónde estoy?
Risd. Cierto, la pregunta es donosa, con que no hay dia que por esta calle no pase dos ó tres veces.
Selv. Mira, Risdeño, no me lastimes con tus palabras; que de mí te digo que otro soy del que solía, y de cosa de lo pasado no tengo memoria.
Risd. Dime, ¿por ventura hante rociado de alguna fenestra con agua del infernal rio Flegeton? porque tiene tal propiedad, como tus razones han demostrado.
Selv. Sábete que así es como dices, sino que otras veces suele ser traido por los demonios, y agora fué por un ángel celestial á mí dado; y por tanto da razon á mi demanda, que no sin causa lo pregunto.
Risd. ¡Cómo, señor! ¿no tienes memoria que ésta es la posada de Polibio, y que con quien hablabas era su hija Isabela?
Selv. ¡Oh desventurado yo! ¿y es verdad lo que me es dicho?
Risd. Sí, cierto.