Risd. Despues de la salida de la luminaria en quantidad mayor del firmamento, puede dos veces el cinocéfalo haber urinado.

Selv. ¿Qué has dicho, que no te he bien entendido?

Risd. ¡Cómo, señor! ¿No sabes la propiedad del cinocéfalo, que tiene apariencia de mona?

Selv. No, mas di quál es.

Risd. De urinar de hora en hora tan por nivel, que sobrepuja al más concertado relox que ser pueda, por obrar en él naturaleza, y por esto habiendo urinado, como dixe, dos veces despues de la venida del sol, que es la mayor lumbre del cielo, por causa que es ciento y veinte y cinco veces mayor que la tierra, serán las seis del dia.

Selv. Gracioso estás con tus poesías á mí, que estoy la soga á la garganta; dame aquel laud y salte á la puerta de la sala, y si vieres á Flerinardo, ó á otro de su parte, entrarás á me lo decir luégo.

Risd. Señor, así lo haré. ¡Oh santo Dios, y qué soberana gracia tiene este hombre en quanto mano pone, y cómo constriñe el instrumento que en sus manos tiene á que de su pena y dolor sea participante! De cierto que si el famoso Orfeo y el dulce Orion con el estimado Anfion al presente fueran vivos, con ser los más excelentes músicos que la antigüedad tiene en memoria, en ninguna manera con esto se podian igualar, que de verdad mi sentido tiene elevado en oir los altos y baxos, cercas y léxos de las sonoras cuerdas, ordenando á sus tiempos con suave melodía unos pequeños descuidos que, con mayor cuidado, los ánimos de los circunstantes en ella eleva. Ya me parece que su voz hace muestras de querer, con su alta armonía, las fantasías y diferencias del instrumento matizar; que, segun otras veces he visto, no ménos las apacibles gargantas, los delicados sonidos de la voz mostráran bien gustosas, que los ligeros dedos, los confusos redobles con suave dulzura han ordenado; mas ¿quién es esta fantasma ó estantigua que con Escalion viene? ¿Por ventura el fuerte Enéas, en él convertido, con la anciana Sibilla, quieren en los infiernos, donde Selvago pena entrar la segunda vez? Pues ténganse por dicho que no han de pasar tan livianamente como piensan en mi barca, pues el ramo de oro no les fué concedido.

Esc. Amigo Risdeño, estés en buena hora, ¿qué hace tu señor Selvago?

Risd. Señor Escalion, vos seais bien venido, y si en lo que mi señor entiende quereis saber, allegaos á la puerta de aquella sala y seréis en vuestra pregunta satisfecho.

Esc. Dime, por tu fe, ¿es él el que tañe?