[19] De la misma suerte se engañaría el que en el parhelio, esto es, quando aparecen á la vista tres Soles, como sucede algunas veces, y los he visto yo, creyese que en la realidad eran tres los Soles, aunque los ojos los manifiestan enteramente semejantes. Otro modo de errar por los sentidos es negar todo lo que no se ve con los ojos. El humo, aunque el fuego esté oculto, le manifiesta. Las golondrinas con su venida en la Primavera y retirada en Otoño muestran una causa oculta á nuestros sentidos, que las mueve á estas mutaciones. La materia eterea, esto es, sutilísima, é imperceptible por nuestros ojos, esparcida por todo el Universo y causa de los principales fenómenos de él, se descubre por efectos necesarios y signos inseparables de su presencia y eficacia, como lo he declarado en varios escritos mios. Los Gentiles á esta materia eterea la dieron atributos de divinidad; pero así en esto, como en otras muchas cosas erraron torpemente por faltarles la Religion verdadera. Los vapores y exhalaciones de los cuerpos no los vemos; y son ciertos, porque nos constan por sus admirables efectos, que observamos con otros sentidos, y alcanzamos con la razon[a]. Lo que hemos dicho, explicando los signos y las demonstraciones, junto con lo que aquí acabamos de proponer acerca de los engaños de los sentidos, puede hacer mas cautos á los Físicos, Anatómicos, Botánicos, Naturalistas, para no llenar de tantas falsedades, y vanas observaciones sus escritos, y no dar por inventos las cosas, que, ó no exîsten, ó no son nuevas.
[Nota a: Debe encargarse á todos la atenta letura del Boyle en su tratado: De mirabili vi effluviorum.]
[20] Pero en ninguna cosa se engañan mas los hombres, haciendo mal uso de los sentidos, que en el trato civil; y todos los errores que en él se cometen, solo nacen de que se fían demasiadamente de las apariencias sensibles. Casi todos siguen las cosas que se imprimen mas en la mente; y como las cosas sensibles hagan esto porque tocan á los hombres mas vivamente, por eso facilmente dexan llevarse de sus impresiones. Pero el hombre sabio, enterado de los engaños que ocasionan las imágenes de los sentidos, percibe como los demas los objetos que se le presentan, y juzga, no segun las apariencias, sino segun la razon. Si yo pudiera imprimir esta máxîma en el comun de los hombres, sé ciertamente que serían mas racionales, y menos sensibles. Para conocer esto, haré ver algunos errores freqüentes en el comercio civil, y este conocimiento podrá servir para evitar muchos otros, siendo imposible proponerlos todos.
[21] Es freqüentísimo juzgar los hombres de las cosas por las apariencias que se presentan á los sentidos, sin exâminar la realidad de las mismas cosas, y por eso es tambien freqüentísimo engañarse. Bello rostro tiene Ariston, dice uno, la cara es de hombre de bien: ¡qué agasajo tiene! es cierto que tiene policía, y habla con modo, y trata con cortesía á toda el mundo. ¡O! es Ariston muy buen hombre. Este juicio de que Ariston es hombre de bien porque tiene buen rostro, porque habla con modo, &c. suele ser falsísimo, y muchas veces con estas circunstancias se halla un ladron insigne. La razon dicta, que para afirmar seguramente que Ariston es hombre bueno, sepamos que es virtuoso, porque, como hemos dicho, no puede serlo de otra forma. Pues si todas aquellas apariencias externas se compadecen tanto con la virtud como con el vicio, ¿por qué ha de gobernarse el hombre por ellas para afirmarlo? Del mismo modo yerran los que juzgan lo contrario. Cleóbulo, dice otro, va con hábitos largos, el cuello torcido, sombrero grande, con gran compostura, y despues se ha averiguado que era hipócrita, y por tal le han castigado. No hay que creer, pues, á estos que andan con semejante trage, y figura. Este último juicio es erradísimo, ya porque de un exemplar, que se ha presentado á los sentidos, no se ha de juzgar de todos, como hemos visto, hablando de las inducciones: ya tambien, porque si Cleóbulo con aquel hábito exterior de virtud era hipócrita, no lo son otros; antes debe ser regular acompañar á la verdadera virtud aquella modesta compostura.
[22] Por otro camino yerran tambien muchísimos. Oyen á un Predicador, que habla con frases compuestas y adornadas: sus voces son exquisitas, sus cláusulas tienen cadencia, su ayre en el decir es primoroso, sus movimientos muy prontos, y sin otro exámen dicen: ¡O! este es un Predicador sin segundo. Este juicio es de los mas comunes, y mas errados que oigo en el trato civil. Con todas aquellas prendas no tiene el Predicador otra habilidad, que la de embelesar á necios, porque todas no hacen mas que hinchar la fantasía, y halagar los sentidos con bellas apariencias. Tan acertado es aquel juicio, como el que hiciera un hombre si viese á una mona con manillas, perlas, afeytes, y otros adornos externos, y la tuviera por hermosa. La regla fixa[a] que qualquiera hombre cuerdo ha de tener para distinguir estas vanas apariencias de la realidad de las cosas, es considerar la solidez de las máxîmas que el Predicador propone, y ver si en ellas resplandece lo verdadero y lo bueno, y si hay orden, y conexîon entre las pruebas del asunto, y si estas son eficaces para hacer que el auditorio convencido, se mueva á amar lo bueno que se propone, y seguir la verdad que se persuade; pero en oyendo á un Predicador que empieza con antitesis freqüentes, con vanos preámbulos, con frases muy estudiadas, y con cadencias poéticas, será bien desconfiar un poco, porque es cosa comunísima que semejantes artificios anden juntos, no con verdades sólidas, sino con fruslerías y puerilidades. En efecto estas artes son para encantar los sentidos con la armonía de aquella música con que el Orador canta mejor que predica, y no hemos de dexarnos llevar de sombras, sino de realidades.
[Nota a: Nos autem, qui rerum magis quam verborum amatores, utilia potius quam plausibilia sectamur, non id quaerimus, ut in nobis inania saeculorum, ornamenta, sed ut salubria rerum emolumenta laudentur. Salvian. de Judic. & Provid. Dei in Prooemio, pág. 28. Bibl. Vet. PP. tom. 8.]
[23] Cada vez que veo esto entre los Christianos, me lastimo de la falta de Lógica de muchos oyentes, porque si estos supieran despreciar como merecen tales adornos, tal vez no los usarian los Predicadores. Y es cierto que no los necesitan los que predican la palabra de Dios, porque esta por sí es eficacísima, y propuesta con claridad y dulzura, halla facil acogida en el corazon humano, donde están estampadas las señales de la luz del rostro del Señor. Las máxîmas del Evangelio de Jesu-Christo llevan consigo tanta claridad y resplandor, que no necesitan para ser estimadas de vanos adornos, y mucho menos de las superfluidades con que á veces las vemos vestidas; y es cosa comunísima que los que predican valiéndose de semejantes artificios hagan muy poco fruto, porque los hombres son muy sensibles, y escuchan con mayor gusto los atractivos de los sentidos, que el peso de la razon; y si debaxo de aquellos aparatos hay algunas verdades sólidas, no las considera el entendimiento, porque le ofusca la aparente dulzura de los sentidos[a].
[Nota a: Ne à me quaeras pueriles declamationes, sententiarum flosculos, verborum lenocinia, & per fines capitulorum singulorum acuta quaedam, breviterque conclusa quae plausus, & clamores excitant audientium. Sanct. Hieron. ad Nepotian. Epist. 52. p. 256. t. 1. edic. de Verona de 1734.]
[24] No es esto decir que se hayan de trabajar todas las Oraciones sin ningun adorno, porque no sigo el dictamen de los que dicen, que la eloqüencia es naturaleza, y no arte. El P. FEYJOÓ estampó esta máxîma en el segundo tomo de sus Cartas, y me parece que solo se halla en el título de la Carta, y no en el cuerpo de ella; porque lo que el P. Feyjoó prueba es, que sin arte hay quien es eloqüente, y que por mas arte que haya, nunca puede ser uno eloqüente sin la naturaleza, esto es, si no tiene un gran fondo de natural eloqüencia. Esto es verdad, y es falso el título, porque en él se da á entender, que el estudio de la Retórica para nada sirve, y así lo afirma este Escritor famoso. Ya QUINTILIANO[a] trató de propósito este asunto; y habiendo rechazado á los que tenian la Retórica por inutil, afirma que sin el arte, ninguno puede ser Orador consumado, aunque sea tambien necesaria para esto la naturaleza; y siendo así que este Escritor es el mas entendido, y mas cumplido en esta materia, es de extrañar que el P. Feyjoó no le viese antes de estampar tantas extravagancias, como puso en la citada Carta. Con mejores fundamentos admitió, y probó la necesidad del arte el P.FR. LUIS DE GRANADA en su Retórica Christiana. Volviendo á nuestro asunto de la predicacion, es cierto que algunos modernos pretenden se debe desterrar de los púlpitos la Retórica. La mayor parte de los eruditos no aprueban tan universal dictamen, y quantas invectivas emplearon los antiguos y modernos contra este Arte, fué solo por desterrar el abuso que se observa en algunos, que únicamente se aprovechan de él para hacerse habladores hinchados. S. AGUSTIN[c], y muchísimos Escritores que han exâminado bien esta materia, juzgan, que en algunas ocasiones es utilísimo el Arte de la eloqüencia, si se sabe hacer de él buen uso. Como quiera que sea, sin introducirme en semejante qüestion, me parece que no puede ser acertado el dictamen del P. M. Feyjoó, porque debiera haber antes estudiado de propósito la Retórica; haber visto el uso artificioso con que se han aprovechado loablemente de ella los Griegos, y Latinos; haber mirado de intento, no la Retórica pueril que suele enseñarse á los muchachos, sino aquel arte racional de animar los pensamientos, de mover los afectos, de excitar las pasiones, y de hacer mas clara la verdad, lo qual no lo ha hecho, segun él mismo confiesa[d]; pues ¿cómo ha de ser justo el dictamen sobre una materia no estudiada?
[Nota a: Sin ex pari coeant (habla de la naturaleza, y del arte) in mediocribus quidem utrisque majus adhuc naturae credam esse momentum, consummatos autem plus doctrinae debere quam naturae putabo, sicut terrae nullam fertilitatem habenti nihil optimus agricola profuerit, è terra uberi utile aliquid etiam nullo colente nascetur. At in solo foecundo plus cultor, quam ipsa per se bonitas soli efficiet. Quintil. Instit. orat. lib. II. cap. 19.]