[44] Pasemos ahora á otros errores que ocasiona la imaginacion, y son muy freqüentes, aunque por lo comun no tan peligrosos. Lusinda tiene la fantasía blanda y dispuesta á recibir varias representaciones con viveza, y á retenerlas: dedícase á leer libros de piedad y devoción, ó empieza á meditar y pensar en las cosas divinas. Con la meditacion y la letura se va llenando de imágines la fantasía de Lusinda, de suerte, que apenas se excitan en su imaginativa otras representaciones, que las que ha impreso la continua letura y meditacion. En este estado se le excita la pasion, ó el deseo de lograr lo que lee, ó sabe haber logrado otras personas piadosas, es á saber, hablar con Dios; y continuando Lusinda en meditar las mismas cosas, la pasion va creciendo al paso que crecen las imágenes que hay en la imaginativa. La fuerza y continuacion en imaginar calientan la fantasía, y juntando las representaciones antes separadas, la vehemente pasion empieza á dominar al juicio, y luego piensa Lusinda que ve á Dios en esta, ó la otra forma, que le habla en esta, ó la otra manera, que le representa su pasion y muerte, y otras mil cosas que le vienen á la fantasía; de suerte, que como su imaginacion es capaz de recibir muchas imágenes, y el juicio no sabe ya entenderlas, facilmente las cree en el modo mismo que las imagina. Entonces dice Lusinda, que son revelaciones divinas lo que no es mas que entusiasmo de su imaginacion blanda y acalorada. Y si encuentra con un Director, que tenga la misma blandura en la fantasía, y no tiene aquella prudente sagacidad que se requiere para estas cosas, facilmente tiene por revelaciones todo lo que Lusinda cuenta, y las estampa despues en los libros como venidas del Cielo.
[45] Bien se yo que hay en la realidad revelaciones especiales, ó privadas, y que Dios habla á los varones santos, y les comunica algunas cosas para su utilidad y consuelo; pero sé tambien que es muy dificultoso distinguir las verdaderas de las falsas, y que es muy facil que la fantasía vehemente y acalorada haga parecer verdaderas revelaciones las que solo son apariencias de la imaginacion. El diablo suele transformarse á veces en Angel de luz, y para engañar á las criaturas se aprovecha de esta flaqueza de la fantasía en que tiene especial influencia. Por esto la Iglesia Católica procede con gran cautela en el exámen de semejantes revelaciones, y á su exemplo suelen exâminarlas con mucho cuidado los varones santos y juiciosos, que no quieren ser engañados. En efecto Priscila, y Maxîmila tuvieron por revelaciones divinas los errores del Herege Montano, y creian que les hablaba el Espíritu Santo, y les fué facil comunicar el contagio de su depravada fantasía á un varon tan ilustre como Tertuliano, porque hallaron en él una imaginacion fecunda, y superior al juicio. En nuestros tiempos tenemos otros exemplares recientes de muchos Hereges, que quieren hacer pasar los delirios de su imaginacion por revelaciones especiales, y harto se han gloriado de esto Lutero, y Mr. Jurieu, pero con risa y desprecio de todos los sabios.
[46] Hay otras mugeres que hablan de revelaciones especiales, y su error está en la fantasía, aunque se hace de otra manera. Gelarda, muger sumamente devota y piadosa, está enferma de afecto histérico, y no lo conoce. Es este un mal que de ordinario gasta la imaginativa, porque tiene su asiento en aquellos nervios, que extendidos hasta el diafragma y el celebro, sirven para propagar las impresiones de los objetos externos. Introdúcese poco á poco en el celebro de Gelarda aquella enfermedad, que se llama melancolía, y suele acompañar al afecto histérico. Desordenadas ya las partes sobredichas, que influyen poderosamente en la imaginativa, se descompone el orden de las impresiones en que continuamente exercita Gelarda la fantasía, por donde es muy natural que en la enfermedad se le exciten las imágenes de cosas devotas, al modo de uno que delira, pues habla de las mismas cosas que en la salud mas pensaba, bien que desordenadamente por el vicio de su celebro. Ocupada ya Gelarda de la melancolía, empieza á delirar, y dice que ve á Jesu-Christo en el Huerto sudando sangre, ú vé á la Virgen Santísima, que se le aparece en su gloriosa Asuncion, y le dice estas, ú las otras cosas; y si la fantasía está muy caliente, tal vez dice que le da coplas y redondillas para que las cante. Si la enfermedad no es muy fuerte, queda en este estado el delirio de Gelarda, y no es conocido sino de aquellos que en estas cosas saben la fuerza de la fantasía, y no se dexan engañar. Un caso muy semejante á este me ha sucedido, y conocí el delirio, y lo previne, y con el tiempo se acabó de confirmar evidentemente mi pensamiento. LUIS ANTONIO MURATORI[a] cuenta que en Milan habia una Religiosa, que decia que cada noche hablaba familiarmente con Jesu-Christo, y así lo creía la mayor parte de aquel gran pueblo. El Arzobispo, que era entonces Federico Borromeo, varon de gran juicio y singular discernimiento, quiso asegurarse por sí mismo, y dixo á la Religiosa, que se hallaba con una alhaja muy estimable y de gran valor, pero que para saber lo que debia hacer de ella lo preguntase á Jesu-Christo, y con eso sabria que no podia errar. Tuvo la Religiosa sus imaginadas habladurías, y dió de respuesta, que vendiese la alhaja y la repartiese entre los pobres. El caso fué, que la alhaja de que hablaba el Arzobispo era su alma, y si Jesu-Christo hubiera hablado con la Monja, no le hubiera dicho que la diese á los pobres. Otra Religiosa decia, que Dios todos los dias la subia hasta el Sol, y la hacia ver la hermosura de aquel Planeta. Preguntóla el mismo Prelado quán grande era aquel Astro, y respondió que como un Cesto. Conoció claramente este insigne Varon, que no eran otra cosa semejantes revelaciones, que entusiasmos de imaginaciones valientes, y pervertidas. Para que esto no cause dificultad, no hay mas que considerar la viveza con que la imaginativa representa una cosa en los sueños. No parece sino que la tenemos presente, y que en la realidad nos sucede lo que soñamos. Entonces no obra el juicio ni la razon, y por eso no corregimos lo que se nos presenta. Sucede, pues, en la vigilia, que la imaginacion representa algunas cosas con la misma fuerza y tal vez mayor que en los sueños: sucede tambien que el juicio no corrige á la fantasía, ó porque es pequeño, ó por estar impedido de alguna enfermedad, y así ocasiona la imaginacion mil errores.
[Nota a: Philosoph. Moral, cap. 6.]
[47] No pretendo con esto introducir la terquedad y obstinacion en no creer estas cosas que pertenecen á revelaciones especiales, como hacen algunos: intento solo descubrir la verdad, y deseo que se hagan los hombres á exercitar la razon; y siempre tendré por prudencia desconfiar de las relaciones de muchas personas devotas concernientes á este asunto; y exâminarlas con toda la diligencia posible para evitar el error; porque algunas de estas revelaciones, ó mejor imaginaciones, son á la verdad inocentes, esto es, no incluyen cosa opuesta á los sagrados dogmas, ni disciplina de la Iglesia; pero hay otras llenas de peligro, y no fuera difícil mostrarlas en algunos libros donde se hallan impresas. Por esta razon quisiera yo que algunos de los que trabajan vidas de personas Venerables por su santidad y virtud, tuviesen mejor gusto, y las escribiesen con mejor Lógica. Alabo el zelo de semejantes Escritores, pero no el juicio. El escribir la vida de una persona virtuosa es instituto muy loable, porque es ofrecer á los lectores un exemplo de virtud para imitarle y aspirar á la misma perfeccion. Pero he visto muchos libros, que no muestran el fondo de virtud de sus héroes, ni manifiestan el modo con que exercitaban la humildad, la paciencia, la caridad, la mortificacion, la honestidad, y demas virtudes, antes se trata esto de paso; y muy de propósito se ponderan las revelaciones inmensas, las apariciones sinnúmero, que tuvo la persona Venerable; y casi se intenta probar la gran santidad de un Varon por el copioso número de revelaciones, y no por la prueba real y verdadera de sus eminentes virtudes. Lo peor es, que despues de haber llenado un libro de revelaciones, no se halla en todo él ni una sola prueba, de si fueron, ó no verdaderas, y es, porque los Escritores no lo dudan. Ya se queja de estos descuidos Benedicto XIV. en su Obra de la Canonizacion de los Bienaventurados, donde de propósito trata este mismo asunto. Y pocos dias hace que se publicó el tratado de Revelaciones del famoso Crítico Eusebio Amort, merecedor de que le lean los que han de exâminar semejantes revelaciones, porque se trata este asunto con buena Lógica y justa Crítica.
[48] Podráse decir contra esto, que algunas personas santas y virtuosas dicen de sí mismas haber tenido visiones y apariciones, por donde es forzoso, ó creerlas, ó tener á tales personas por no veraces. Es así que hay muchas visiones y apariciones de Varones santos; y al mismo tiempo es cierto que hay muchas apócrifas, ó fingidas por otros que se las atribuyen con ánimo deliberado de captar al Pueblo. Harto comunes son en los libros los exemplos de entrambas. De las fingidas no hay necesidad de hablar, sino, en sabiendo que lo son, desecharlas. De las personas venerables por su virtud y santidad se ha de creer, que dicen lo que sienten con veracidad; pero aun de este modo han de ser exâminadas sus visiones, porque cabe que sin faltar á la verdad, las apariciones no sean aceptables. A dos clases se han de reducir las visiones y apariciones: unas son sensibles, quando las cosas que no existen, pero existieron, ó han de exîstir, se presentan á los sentidos como actuales: otras son mentales, quando la imaginacion tiene tan vivas las imágenes y representaciones de los objetos que fueron, ó han de ser, pero no son, que el entendimiento los mira como presentes. Las primeras nunca suceden sin un verdadero milagro; y aunque es cierto que Dios hace milagros, pero tambien lo es que no son tantos como el vulgo literario presume: de manera que siendo preciso exâminar la operacion milagrosa con mucha diligencia para asegurarnos, el mismo cuidado se ha de poner en averiguar las apariciones sensibles antes de creerlas. Las mentales unas son naturales, como se ve en los melancólicos muy imaginativos, á quienes se ofrecen las cosas pasadas y futuras, como presentes, con una viveza extraordinaria: en los maniacos y frenéticos, que por la enfermedad dicen que ven los muertos, y mil cosas que no hay, y lo aseguran, y gritan si se les contradice: en los sueños, donde cada dia hay motivo de experimentarlo: otras son sobrenaturales, como las que se conoce claramente que no caben en la esfera de la naturaleza.
[49] El modo de distinguirlas se toma de lo que representan y las circunstancias que las acompañan. Si la persona, aunque sea virtuosa, es crédula, de imaginacion fuerte, muy melancólica, enferma, ya sea de todo el cuerpo, ya de la cabeza, pensativa, metida en sí, y nos dice que ha tenido visiones y apariciones, es menester suspender el juicio hasta exâminarlas, porque tales personas naturalmente son visionarias: si lo que dicen de su vision es inverosimil, extravagante, erroneo, de ningun momento, y contradictorio, se han de tener por naturales, de acaloramiento de la cabeza, y falsas: si la doctrina que encierran es opuesta á los dogmas, ó disciplina de la Iglesia, ó en ellas se encierra interes, daño del próximo, ú qualesquiera fines particulares distintos de la gloria de Dios, y instruccion de los Fieles, se han de mirar como entusiasmos de una fantasía inflamada. Las sobrenaturales se conocen por caractéres opuestos á los sobredichos, y de ellas hay exemplos en las divinas Letras, que han de recibirse con toda sumision. Lo cierto es que en Roma, donde se exâminan estas cosas con gran exâctitud y juicio, de millares de visiones de las personas virtuosas apenas se aprueba una, y á veces se reprueban todas. Esta materia, ademas de los Autores citados, la ha tratado con solidez el ABAD LANGLET; y antes que todos los propuestos ha abierto el camino con admirables advertencias para no desviarse nuestro insigne Español el P. JUAN DE AVILA en su Audifilia[a].
[Nota a: Capítulo 50, 51, y 52. tom. 3. pág. 279, y sig.]
[50] Para no caer, pues, en errores en este asunto, será bien exercitarse en distinguir lo que es propio de la imaginacion, y lo que toca al juicio. Se ha de saber, que la imaginacion no hace otra cosa, que representar al vivo las imágenes de los objetos; pero al juicio toca hallar la verdad de las cosas que ofrece la fantasía; y como desde niños nos hacemos á imaginar mas que juzgar, será bien exercitar continuamente la razon, y sobre todo saber dudar quando convenga, y no juntar con precipitada facilidad el juicio con la imaginacion. Si se trata de conocer lo que sucede en otra persona, ademas de lo dicho será conveniente exâminar si la gobierna alguna secreta pasion, y muchas veces se hallará, que el deseo que tiene una muger de parecer santa, ó el apetito de fama de virtuosa, ó la ambicion y deseo de mandar, ó tal vez el despecho por no venirle las cosas como desea, han corrompido su fantasía; y de aquí nace que juzgue por revelaciones sus delirios. Acaso la malicia es el mobil de estas fingidas apariciones: tal vez alguna oculta enfermedad, que no es conocida, porque no se manifiesta por defuera, ó la ignorancia, que es general fomento de estas creencias. En fin la razon dicta, que quando se ofrecen semejantes revelaciones, empiecen los hombres sabios á exâminarlas dudando, averiguando las pasiones, la eficacia de la imaginacion, la verosimilitud, y la conformidad que tienen con los dogmas y disciplina de la Iglesia, y poniendo en obra todas las reglas de la buena crítica.