"—Hombres, eso es inicuo; las mujeres por sí no son tan malas, nosotros somos el origen de sus faltas; si resisten las calumniamos y si sucumben las envilecemos. Todos deberíamos procurar la regeneración de la mujer caída, siquiera disculpando lo que no podemos remediar."
"—Las mujeres tienen instintos depravados.—exclamó uno de aquellos libertinos."
"—La mujer—repliqué yo—tiene hambre y sed de justicia."
"El de Puebla me interrumpió bostezando:"
"Licenciado: todo eso es quimera, teoría, ilusión. Si Ud. pudiese hacernos el milagro de resucitar reputaciones de mujeres perdidas, aunque fuera en pocos ejemplares, yo le daría el título de abogado de imposibles; pero no se canse Ud.; La cabra tira al monte."
"—Y si quiere una muestra; voy á dársela:—dijo otro de aquellos deslenguados:—¿Conoce Ud. á la mora?"
"—No, Señor,—le contesté amostazado y con el fuerte acento del que dice, cállese Ud."
"Aquel truhán encendido por el aguardiente que acababa de agotar y sin fijarse en mi semblante, me habló de esta manera:"
"—Esa muchacha que ha dado tanta guerra, es alta, morena y de provocador atractivo; pero muy desordenada; en un baile de candil, donde la encontré hace poco, me contaron que un compañero de Ud., abogado muy rico, á quien yo no conozco, tuvo la feliz ocurrencia de recoger á la hipócrita cortesana; le compró casas, la tiene con gran lujo y ya está recibiendo el premio de su simplicidad."