Cuando llegó la aurora, abriéronse las puertas de la ciudad, y los que salieron de ella se asombraron, ante aquel maravilloso joven dormido, sin más ropa que la camisa y con un gorro de dormir en la cabeza en vez de turbante. Y se decían unos á otros: «¡Es asombroso! ¡Mucho habrá tenido que velar para estar ahora dormido tan profundamente!» Y otros dijeron: «¡Alah, Alah! ¡Hermoso joven! ¡Dichosa y afortunada la mujer que con él se ha acostado! Pero ¿por qué estará completamente desnudo?» Otros contestaron: «Probablemente, este pobre joven habrá pasado en la taberna más tiempo del preciso, y habrá bebido más de lo que pueda resistir. Y al regresar de noche, habrá encontrado cerradas las puertas, decidiéndose á dormir en el suelo.»
Pero mientras conversaban de este modo, se levantó la brisa matinal, y acariciando al hermoso joven, le alzó la camisa. ¡Y entonces se vió aparecer un vientre, un ombligo, unas piernas y unos muslos como de cristal! Y un zib y unos compañones muy bien proporcionados. Y este espectáculo maravilló á las gentes, que admiraban todo aquello.
Despertó entonces Badreddin, y hallándose tumbado cerca de aquella puerta desconocida y rodeado por tantas personas, se sorprendió mucho, y exclamó: «¿Dónde estoy, buena gente? Os ruego que lo digáis. ¿Y por qué me rodeáis así? ¿Qué es lo que ocurre?» Y le contestaron: «Nos hemos detenido por el gusto de verte. Pero ¿no sabes que te hallas á las puertas de Damasco? ¿En dónde has pasado la noche, para estar completamente en cueros?» Y Hassán replicó: «¡Por Alah, buena gente! ¿qué me decís? He pasado la noche en El Cairo. ¿Y me decís que estoy en Damasco?» Entonces se echaron á reir todos, y uno de ellos dijo: «¡Ah, gran tragador de haschich!» Y dijeron otros: «Está loco, sin remedio. ¡Lástima que esté demente un joven tan hermoso!» Y otros añadieron: «Pero en fin, ¿qué historia es esa con que has querido engañarnos?» Entonces Hassán Badreddin contestó: «¡Por Alah! ¡buena gente, yo no miento nunca! Os afirmo y repito que esta noche la he pasado en El Cairo, y la anterior en mi pueblo, que es Bassra.» Al oirle, uno gritó: «¡Qué cosa más sorprendente!» Otro dijo: «¡Está loco!» Y algunos se desternillaban de risa, dando palmadas. Y otros dijeron: «¿No es una verdadera lástima que un joven tan admirable haya perdido la razón? ¡Qué loco tan singular!» Y otro, más prudente, le dijo: «Hijo mío, vuelve en ti y no digas semejantes extravagancias.» Entonces Hassán contestó: «Sé muy bien lo que digo. Además, habéis de saber que anoche, en El Cairo, pasé una noche muy agradable como recién casado.» Entonces todos se convencieron de su locura. Y uno de ellos exclamó riéndose: «Ya veis que este pobre joven se ha casado en sueños. ¿Y qué tal es ese matrimonio? ¿Cuántos cayeron? ¿Era una hurí ó una ramera?» Pero Badreddin empezaba á enfadarse, y les dijo: «Pues sí que era una hurí, y no he copulado en sueños, sino quince veces entre sus muslos, y he ocupado el lugar de un asqueroso jorobado, y me he puesto su gorro de dormir, que es éste.» Y luego recapacitó un momento, y dijo: «Pero ¡por Alah! buena gente, ¿en dónde está mi turbante, y mis calzoncillos, y mi ropón, y mis calzones? Y sobre todo, ¿en dónde está mi bolsillo?»
Y Hassán se levantó y buscó su traje á su alrededor. Y entonces todos empezaron á guiñarse el ojo y hacérse señas de que el joven estaba loco de remate.
Entonces el pobre Hassán se decidió á entrar en la ciudad tal como estaba, y tuvo que atravesar las calles y los zocos en medio de un gran cortejo de niños y de mayores, que gritaban: «¡Es un loco! ¡un loco!» Y el pobre Hassán ya no sabía qué hacer, cuando Alah, temiendo que al hermoso joven le ocurriese algo, le hizo pasar por junto á una pastelería que acababa de abrirse. Y Hassán se refugió en la tienda, y como el pastelero era un hombre de puños, cuyas hazañas eran muy conocidas en la ciudad, la gente tuvo miedo y se retiró, dejando en paz al joven.
Cuando el pastelero, que se llamaba El-Hadj Abdalá, vió al joven Hassán Badreddin y pudo examinarle á su gusto, le maravilló su hermosura, sus encantos y sus dones naturales, y rebosante de cariño el corazón, le dijo: «¡Oh gentil mancebo! dime de dónde vienes. Nada temas; pero refiéreme tu historia, pues ya te quiero más que á mi misma vida.» Y Hassán contó entonces toda su historia al pastelero Hadj Abdalá, desde el principio hasta el fin.
Y el pastelero, profundamente maravillado, dijo á Hassán: «¡Oh mi joven señor Badreddin! En verdad que esa historia es muy sorprendente y muy extraordinario tu relato. Pero te aconsejo, hijo mío, que á nadie se lo cuentes, pues es peligroso hacer confidencias. Te ofrezco mi tienda, y vivirás conmigo hasta que Alah se digne dar término á las desgracias que te afligen. Además, yo no tengo hijos, y me darás mucho gusto si quieres aceptarme por padre. Yo te adoptaría como hijo.» Y Hassán respondió: «¡Aceptado! ¡sea según tu deseo!»
En seguida fué al zoco el pastelero, y compró trajes magníficos con que vestir al joven, y lo llevó á casa del kadí, y ante testigos prohijó á Hassán Badreddin.
Y Hassán permaneció en la pastelería como hijo del amo, y cobraba el dinero de los parroquianos, y les vendía pasteles, tarros de dulce, fuentes llenas de crema y toda la confitería famosa de Damasco, y aprendió en seguida el oficio de pastelero, que le gustaba mucho, por las lecciones recibidas de su madre, la mujer del visir Nureddin, que preparaba pasteles, y dulces delante de él cuando era niño.
Y como en toda la ciudad de Damasco fué elogiada la hermosura de Hassán, el gallardo joven de Bassra, hijo adoptivo del pastelero, la tienda de Hadj Abdalá llegó á ser la más frecuentada de todas las pastelerías de Damasco.