¡Pero aléjate del contacto del hombre vil, de alma vil, de extracción vil, porque siempre verás que el hombre vil ha nacido de padre vil!

La gente sentía, pues, tanto odio y repulsión hacia el visir El-Mohin, como amor le inspiraba el visir El-Faldl. Así es que El-Mohin tenía una gran enemistad hacia su compañero, y no desperdiciaba ninguna ocasión de perjudicarle ante el sultán.

Un día entre los días, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní estaba sentado en el trono de su reino, en la sala de justicia, rodeado de todos los emires y de todos los notables y grandes de su corte. Y ese día había llegado al mercado un lote de esclavas de todos los países. El rey se dirigió á su visir El-Faldl, y le dijo: «Quiero que me busques una esclava que no tenga igual en el mundo. Que además de su perfección y su belleza, tenga una admirable dulzura de carácter.»

Al oir estas palabras del rey dirigidas á su visir El-Faldl Fadleddín, el visir El-Mohin, lleno de envidia porque el rey depositaba toda su confianza en su rival, quiso desalentar al soberano, y exclamó: «¡Pero si se pudiese encontrar á esa mujer, habría que pagarla lo menos en diez mil dinares de oro!» Entonces el rey, más obstinado por tal dificultad, llamó inmediatamente á su tesorero, y le dijo: «Toma en seguida diez mil dinares de oro y llévalos á casa de mi visir El-Faldl.» Y el tesorero se apresuró á ejecutar la orden.

El visir se dirigió en seguida al zoco de los esclavos, pero nada encontró que ni de cerca ni de lejos se ajustase á las condiciones requeridas para la compra. Reunió entonces á todos los corredores que se ocupaban de la compra y de la venta de esclavas blancas y negras, y les encargó que buscasen una esclava como la quería el rey. Y les dijo: «Cuando una esclava alcance el precio de mil dinares de oro avisadme en seguida, y ya veré si conviene.»

Y desde entonces no pasaba día sin que dos ó tres corredores propusiesen una linda esclava al visir, que siempre despedía al corredor y á la esclava sin ultimar la compra. Y vió durante un mes más de mil muchachas, á cual más hermosa y capaces de infundir virilidad á mil viejos impotentes. Pero no podía decidirse por ninguna de ellas.

Un día entre los días iba á montar á caballo para visitar al rey y rogarle que aguardara algún tiempo, cuando se le acercó un corredor á quien conocía, y que, teniéndole el estribo, lo saludó respetuosamente y recitó en honor suyo estas dos estancias:

¡Oh tú, que das mayor realce á la gloria del reinado y restauras el añoso edificio de los antepasados! ¡Oh tú, siempre victorioso gran visir!

¡Das nueva vida á los míseros y á los moribundos con tu generosidad y tus beneficios! ¡Y todas tus acciones son siempre gratas al Recompensador y las ponemos sobre nuestra frente!