¡Mira! ¡He aquí que se despierta por la mañana, después de una noche de delicias! ¡Se despierta por la mañana bajo la sonrisa de una joven gacela, bajo la mirada de dos ojos de gacela que le pertenecen y le sonríen!

¡Gloria al Señor! ¡Da á unos y priva á otros! ¡Unos pescan y otros se comen el pescado! ¡Gloria al Señor!

Cuando el pescador Karim acabó de cantar, avanzó hacia él el califa y le dijo de pronto: «Oh Karim!» Y Karim se volvió sobresaltado al oir su nombre. Y á la claridad de la luna conoció al califa, y se quedó paralizado de terror. Después se repuso un poco, y dijo: «¡Por Alah! ¡Oh Emir de los Creyentes! no creas que hago esto por infringir tus órdenes, pues la pobreza y el tener una familia tan numerosa como la mía me han impulsado á obrar así esta noche.» Y el califa dijo: «Está bien, ¡oh Karim! Hagamos cuenta de que no te he visto. ¿Quieres echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo?» Entonces, contentísimo el pescador, se apresuró á echar la red invocando el nombre de Alah, y esperó á que llegara al fondo. La sacó después, encontrándola llena de pescados de todas clases y en cantidad incalculable. Y el califa quedó muy satisfecho, y le dijo: «Ahora, ¡oh Karim! desnúdate.» Y Karim se apresuró á despojarse de sus prendas una por una: el ropón de anchas mangas, remendado con piezas de todos colores y lleno de chinches y pulgas en número suficiente para cubrir la superficie de la tierra; el turbante, que no habría desenrollado en tres años, hecho con trapos, y que encerraba piojos grandes y chicos, blancos y negros y de otras clases. Y luego de haberse quitado el ropón y el turbante, se quedó desnudo delante del califa. Entonces el califa empezó también á desnudarse, quitándose el ropón de seda iskandaraní y el de seda baalbakí, el de terciopelo y el chaleco, y dijo al pescador: «Karim, toma esta ropa y póntela.» Por su parte, el califa cogió el ropón del pescador y su turbante, y se los puso, se enrolló la bufanda de Karim, y le dijo: «Ya te puedes ir por tu camino.» Y el hombre dió las gracias al califa y le recitó estas dos estrofas:

¡Me has hecho dueño de una riqueza sin límites, y no los ha de tener mi gratitud! ¡Me colmaste de todos los dones sin llevar cuenta!

¡He de honrarte, pues, mientras esté entre los vivos, y después de muerto aún te darán mis huesos las gracias dentro del sepulcro!

Pero apenas había acabado de recitar estos versos el pescador, cuando notó el califa que le invadían los piojos y las chinches domiciliados en aquellos andrajos, y toda aquella miseria empezó á circular activamente á lo largo de su cuerpo. Y empezó á coger puñados de parásitos que le corrían por el cogote, el pecho y todas partes, y los tiraba muy lejos, lleno de repugnancia. Y tal fué su espanto, que llegó á decir al pescador: «¡Oh desgraciado Karim! ¿Cómo hiciste para reunir en tus mangas y en tu turbante todos estos animales dañinos?» Y Karim respondió: «¡Oh mi señor! no los temas para nada, pues ahora sientes sus picaduras; pero si tienes paciencia y haces lo que yo, nada sentirás dentro de una semana, y como ya no te molestará que te piquen, no les harás pizca de caso.» El califa, á pesar de su horror, se echó á reir, y dijo: «Pero desdichado, ¿cómo voy á resistir esta suciedad sobre mi cuerpo?» Y repuso el pescador: «¡Oh Emir de los Creyentes! querría decirte una cosa, pero me impone la presencia de mi augusto califa.» El rey dijo: «Habla en seguida.» Y así habló el pescador: «Se me ocurre, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que para tener un oficio con qué ganarte la vida has querido aprender á pescar. Si así fuese, ¡oh soberano emir! he aquí que esa ropa y ese turbante han de serte muy á propósito para eso.» Entonces el califa, riéndose de esto que le decía el pescador, se despidió de él. Y Karim se fué por su camino, mientras que el califa cogió la banasta de palma donde estaban los peces, la cubrió con hierba fresca y corrió en busca de Giafar y de Massrur, que le aguardaban á cierta distancia. Y al verle creyeron que era Karim el pescador, y Giafar, temiendo que descargase sobre el pescador la cólera del califa, le dijo: «¡Oh Karim! ¿qué vienes á hacer aquí? Huye á escape, que el califa está en el jardín esta noche.» Y cuando el califa oyó esto que decía Giafar, le dió tal risa, que se caía de trasero. Y Giafar exclamó: «¡Por Alah! ¡Si es nuestro amo y califa, el mismo Emir de los Creyentes!» Y dijo el califa: «¡Efectivamente, ¡oh Giafar! y tú eres mi gran visir, y al llegar á tu lado no me has conocido! ¿Cómo quieres que me conozca el jeique Ibrahim, que está completamente borracho? Quédate aquí y espera á que yo vuelva.» Y Giafar dijo: «Escucho y obedezco.»

Entonces el califa llamó á la puerta del palacio. Y el jeique Ibrahim se levantó para preguntar: «¿Quién llama?» Y contestó el califa: «Soy yo, jeique Ibrahim.» Y el anciano dijo: «¿Pero quién eres tú?» Respondióle el califa: «Soy el pescador Karim. He sabido que tenías convidados esta noche, y he venido á traerte buen pescado, vivito y coleando.»

Precisamente á Alí-Nur y á Dulce-Amiga les gustaba mucho el pescado. Y al oir hablar al pescador, se alegraron hasta el límite de la alegría. Y Dulce-Amiga dijo: «Abre pronto, ¡oh jeique Ibrahim! y déjale entrar con el pescado que trae.» Entonces el jeique Ibrahim se decidió á abrir la puerta, y el califa, disfrazado de pescador, pudo entrar sin ningún contratiempo y fué á saludar á los presentes. Pero el jeique Ibrahim le contestó con una carcajada, y le dijo: «¡Bien venido sea entre nosotros el más ladrón de sus compañeros! ¡Ven á enseñarnos ese pescado tan bueno que traes!» Y el pescador quitó la hierba fresca y mostró el pescado que llevaba en la cesta, y vieron que estaba vivo aún y coleando todavía; y Dulce-Amiga exclamó entonces: «¡Por Alah! ¡oh señores míos, qué hermoso es ese pescado! ¡Lástima que no esté frito!» El anciano Ibrahim asintió en seguida: «¡Por Alah! verdad dices.» Y volviéndose hacia el califa, exclamó: «¡Oh pescador! ¡qué lástima que no hayas traído frito este pescado! ¡Cógelo, ve á freirlo y tráenoslo en seguida.» Y contestó el califa: «Pongo tus órdenes sobre mi cabeza. Lo voy á freir y en seguida lo traigo.» Y todos le contestaron á un tiempo: «¡Sí, sí; fríelo pronto y tráenoslo!»

El califa se apresuró á salir, y fué á buscar á Giafar, á quien dijo: «¡Oh Giafar! ahora quieren que se fría el pescado.» Y el visir contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes! dámelo y yo mismo lo freiré.» Pero el califa repuso: «Por la tumba de mis padres y de mis ascendientes, nadie más que yo ha de freir este pescado.» Y fué á la choza en que vivía el jeique Ibrahim y empezó á buscar por todas partes, hasta que encontró los utensilios de cocina y todos los ingredientes: sal, tomillo, hojas de laurel y otras cosas semejantes. Se acercó al hornillo, y exclamó: «¡Oh Harún! recuerda que en tus mocedades te gustaba andar por la cocina con las mujeres y te metías á guisar. Ha llegado el momento de demostrar tus habilidades. Cogió la sartén, la puso á la lumbre, le echó la manteca y aguardó. Y cuando hirvió la manteca echó en la sartén los peces, que ya había limpiado, escamado y untado con harina. Bien frito el pescado por un lado, lo volvió del otro con mucho arte, y cuando estuvo á punto lo sacó de la sartén y lo puso sobre grandes hojas de plátano. Después fué al jardín á coger algunos limones y los puso cortados en rajas sobre las hojas de plátano. Entonces se lo llevó á los invitados y se lo puso delante. Y Alí-Nur, Dulce-Amiga y el jeique Ibrahim se pusieron á comer, y cuando hubieron acabado, se lavaron las manos, y Alí-Nur dijo: «¡Por Alah! ¡oh pescador! nos has hecho un gran favor esta noche.» Y echó mano al bolsillo, sacó tres dinares de oro de los que le había dado generosamente el joven chambelán, y se los tendió al pescador, diciéndole: «Perdona ¡oh pescador! si no te doy más, porque ¡por Alah! si te hubiese conocido antes de los últimos acontecimientos que me han ocurrido, podría haber arrancado para siempre de tu corazón la amargura de la pobreza. Toma, pues, esos dinares, que son los únicos que mi actual situación me permite darte.» Y obligó al califa á tomar el oro que le alargaba, y el califa lo tomó y se lo llevó á los labios, y después á la frente, como para dar gracias á Alah y á su bienhechor por aquel donativo, y luego se metió los dinares en la faltriquera.

Pero lo que quería ante todo el califa era oir á la esclava cantar delante de él, de modo que le dijo á Alí-Nur: «¡Oh dueño y señor! tus beneficios y tu generosidad están sobre mi cabeza y sobre mis ojos, pero mi más ardiente deseo se realizaría, gracias á tu bondad, si esta esclava tocase algo en ese laúd que á su lado veo y me dejase oir su voz, que debe ser admirable. Porque me encantan las canciones acompañadas con las melodías del laúd, y son lo que más me gusta en el mundo.» Entonces Alí-Nur dijo: «¡Oh Dulce-Amiga!» Y contestó ésta: «¡Oh mi señor!» Y dijo Alí-Nur: «Por mi vida, si la estimas en algo, te ruego que cantes para complacer á este pescador, que tanto desea oirte.» Y Dulce-Amiga, al oir estas palabras de su enamorado Alí-Nur, cogió el laúd en seguida, pulsó las cuerdas, ejecutó un preludio que hubo de encantar á todos los presentes, y después cantó estas dos estrofas: