HISTORIA DE ALÍ BEN-BEKAR Y LA BELLA SCHAMSENNAHAR

He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que había en Bagdad, durante el reinado que transcurrió del califa Harún Al-Rachid, un joven mercader, muy bien formado y muy rico, que se llamaba Abalhassan ben-Taher. Era seguramente el más hermoso y afable y el más ricamente vestido de todos los mercaderes del Gran Zoco. Así es que había sido elegido por el jefe de los eunucos de palacio para proveer á las favoritas de todas las cosas, telas ó pedrería que pudieran necesitar. Y tales damas se atenían ciegamente á su buen gusto y sobre todo á su discreción, muchas veces puesta á prueba en los encargos que le hacían. Nunca dejaba de servir toda clase de refrescos á los eunucos que iban á hacerle los encargos, ni olvidaba obsequiarles con un regalo adecuado al puesto que ocupaban cerca de sus dueñas. Así es que el joven Abalhassan era adorado de todas las mujeres y de todos los esclavos de palacio, y de tal modo le apreciaban, que el mismo califa acabó por notarlo. Y apenas le vió, le apreció también por sus buenos modales y su hermosura agradable y sencilla. Le dió libre entrada en el palacio á todas horas del día ó de la noche; y como el joven Abalhassan unía á sus cualidades el don del canto y la poesía, el califa, que no encontraba quien superase la hermosa voz y bella dicción de este poeta, le mandaba con frecuencia acompañarle á comer, á fin de que improvisase versos de perfecto ritmo.

De suerte que la tienda de Abalhassan era la más conocida de cuantos jóvenes había en Bagdad, hijos de emires ó notables, y asimismo la conocían las mujeres de nobles dignatarios y chambelanes.

Uno de los más asiduos concurrentes á la tienda era un joven que se había hecho muy amigo de Abalhassan, por lo hermoso y atrayente que era. Se llamaba Alí ben-Bekar, y descendía de los antiguos reyes de Persia. Su apostura encantaba, sus mejillas estaban sonrosadas y frescas, las cejas perfectamente trazadas, la dentadura sonriente y el habla deliciosa.

Un día que el príncipe Alí ben-Bekar estaba sentado en la tienda al lado de su amigo Abalhassan ben-Taher y ambos conversaban y reían, vieron llegar á diez muchachas, hermosas como lunas, y escoltando á una joven montada en una mula que llevaba jaeces de brocado y estribos de oro. Esta joven iba tapada con un izar de seda de color de rosa, sujeto á la cintura con un cinturón bordado de oro de cinco dedos de ancho, incrustado de grandes perlas y pedrería. Su rostro lo cubría un velillo transparente, y sus ojos irradiaban espléndidos á través del velillo. La piel de sus manos era tan suave como la misma seda, y sus dedos, cargados de diamantes, parecían así más bien formados. Su talle y sus formas podían adivinarse como maravillosas, á pesar de lo poco que de ellas se podía ver.

Cuando la comitiva llegó á la puerta de la tienda descabalgó la joven apoyándose en los hombros de las esclavas. Entró en la tienda, deseó la paz á Abalhassan, que le devolvió el saludo con el más profundo respeto y se apresuró á arreglar los almohadones y el diván para invitarla á sentarse. Después se retiró unos pocos pasos para esperar sus órdenes. Y la joven se puso á elegir pausadamente unas telas de fondo de oro, algunos objetos de orfebrería y varios frascos de esencia de rosas. Y como no temía que la molestasen en casa de Abalhassan, se levantó un momento el velillo de la cara, y brilló sin ningún obstáculo toda su belleza.

Apenas el joven príncipe Alí ben-Bekar vió aquel semblante tan hermoso, quedó pasmado de admiración, y una pasión inmensa se encendió en el fondo de su hígado. Después, discretamente, hizo ademán de alejarse, y entonces la hermosa joven, que se había fijado en él y también se había sentido conmovida, dijo á Abalhassan con una voz admirable: «No quiero ser causante de que se vayan tus parroquianos. ¡Invita á ese joven á quedarse!» Y sonrió admirablemente.

Al oir estas palabras, el príncipe Alí ben-Bekar llegó al límite de la alegría, y no queriendo ser menos galante, dijo á la joven: «Por Alah, ¡oh señora mía! si me alejaba no era sólo por temor de ser importuno, sino porque al verte pensé en estos versos del poeta:

¡Oh tú que miras al sol! ¿No ves que habita en alturas que ninguna mirada humana podrá medir?