Por su parte, la esclava guió al príncipe Alí y á Abalhassan hacia la galería consabida, y se retiró después de haber cerrado cuidadosamente la puerta. Y los dos jóvenes se hallaron en la mayor oscuridad; pero á los pocos momentos, á través de las ventanas caladas entró una gran claridad y pudieron distinguir una comitiva formada por cien jóvenes eunucos que llevaban en las manos antorchas encendidas; y tras de estos cien eunucos seguían otros cien eunucos viejos que llevaban en la mano un alfanje desnudo; y por último, á veinte pasos de ellos avanzaba, magnifico, precedido del jefe de los eunucos y rodeado por veinte esclavas jóvenes, blancas como la luna, el califa Harún Al-Rachid.
El califa iba precedido por Massrur, llevando á la derecha á Afif, segundo jefe de los eunucos, y á la izquierda al otro segundo jefe, Wassif. ¡Y era, en verdad, arrogante y hermoso por sí mismo y por todo el resplandor que hacia él proyectaban las antorchas de los esclavos y las pedrerías de las damas! Y así avanzó al son de los instrumentos que tañían las esclavas, y así llegó hasta Schamsennahar, que se había prosternado á sus pies. El emir se apresuró á ayudarla á levantarse, tendiéndole una mano, que ella se llevó á los labios. Después, contentísimo por volverla á ver, le dijo: «¡Oh Schamsennahar! Las atenciones de mi reino me impedían tiempo ha descansar mi vista en tu rostro. Pero Alah me ha otorgado esta noche bendita para regocijar completamente mis ojos con tus encantos.» Después fué á sentarse en el trono de plata, mientras la favorita se sentaba frente á él, y las otras veinte mujeres formaban un círculo alrededor de ellos en asientos colocados á igual distancia unos de otros. Las tañedoras de instrumentos y las cantarinas formaron otro grupo cercano á la favorita, mientras los eunucos, jóvenes y viejos, se alejaban, según costumbre, hasta llegar junto á los árboles, teniendo siempre las antorchas encendidas, alumbrando desde lejos, á fin de que el califa pudiera deleitarse cómodamente con el fresco de la noche.
El emir hizo una seña á las cantarinas, é inmediatamente una de ellas, acompañada por las demás, entonó estas estrofas, que el califa prefería entre todas las que cantaba, por la belleza de su ritmo y la rica melodía de los finales:
¡Oh niño! ¡el rocío enamorado de la mañana humedece las flores entreabiertas, y una brisa del Edén balancea sus tallos! ¡Pero tus ojos...!
¡Tus ojos son el límpido manantial que ha de apagar largamente la sed que siente el cáliz de mis labios! ¡Y tu boca...!
¡Tu boca ¡oh joven amigo! es la colmena de perlas donde fluye una miel envidiada por las abejas!
Y cantadas estas maravillosas estrofas con voz apasionada, la cantarina se calló. Y Schamsennahar hizo seña á su favorita, que sabía el amor que le había inspirado el príncipe Alí; y la esclava cantó estos versos, que se aplicaban perfectamente á los sentimientos de su señora:
¡Cuando la joven beduína encuentra en su camino á un hermoso jinete, sus mejillas se ponen tan rojas como la flor del laurel que crece en Arabia!
¡Oh joven aventurera! ¡Apaga ese fuego que enciende tus colores! ¡Preserva á tu alma de una pasión que la consumiría! ¡Sigue tranquila en tu desierto, pues el hacer sufrir de amor es don de los jinetes hermosos!
Cuando la bella Schamsennahar oyó estos versos, sintió una emoción tan viva, que se echó hacia atrás y cayó desvanecida en brazos de las mujeres que habían acudido en su auxilio.