Y al verlo el príncipe Alí, que miraba la escena tras la ventana, se sintió sobrecogido de un dolor tan intenso...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 155.ª NOCHE
Ella dijo:
...se sintió sobrecogido de un dolor tan intenso, que cayó también desmayado en brazos de su amigo Abalhassan ben-Taher. Entonces Abalhassan se alarmó mucho por causa del lugar en que se hallaban, y cuando buscaba un poco de agua entre aquella oscuridad para rociarle la cara á su amigo, vió abrirse una de las puertas de la galería, y apareció la esclava confidente de Shamsennahar, que dijo con voz llena de susto: «¡Voy á haceros salir, pues se ha armado un alboroto y me temo que haya llegado nuestro día fatal! ¡Seguidme, ó démonos por muertos!» Pero Abalhassan repuso: «¡Oh caritativa joven! Advierte el estado en que se halla mi amigo. ¡Acércate y mira!»
Cuando la esclava vió al príncipe Alí desmayado sobre la alfombra, corrió á una mesa en que se hallaban varios frascos, cogió uno que contenía agua de flores, y refrescó el rostro del joven, que no tardó en recobrar el sentido. Entonces Abalhassan lo cogió por los hombros, y la joven por los pies, y entre los dos lo transportaron fuera de la galería, hasta el pie del palacio, á la orilla del Tigris. Lo dejaron en un banco, dió unas palmadas la joven, y en seguida apareció por el río una barca con un solo remero, que se apresuró á atracar. Y sin pronunciar palabra alguna, á una seña de la esclava cogió en brazos al príncipe Alí y lo llevó á la embarcación, donde se apresuró á saltar Abalhassan. En cuanto á la esclava, se excusó por no poder acompañarlos más lejos, y con voz muy triste les deseó la paz, regresando en seguida al palacio.
Cuando la barca llegó á la otra orilla, Alí ben-Bekar, ya completamente repuesto merced á la frescura del agua y de la brisa, pudo desembarcar, sostenido por su amigo. Pero pronto tuvo que sentarse en una piedra, porque sentía que se le iba el alma. Y Abalhassan, no sabiendo ya cómo salir del apuro, lo dijo: «¡Oh amigo mío! Cobra ánimo y tranquiliza tu alma, porque realmente este sitio nada tiene de seguro y estas orillas están infestadas de bandidos y malhechores. ¡Un poco de aliento nada más, y estaremos seguros, cerca de aquí, en casa de uno de mis amigos que vive junto á esa luz que ves!» Después le dijo: «¡En nombre de Alah!» Y ayudó á su amigo á levantarse, y emprendió con él lentamente el camino de la casa consabida, á cuya puerta no tardó en llegar. Entonces, á pesar de lo intempestivo de la hora, llamó á aquella puerta, y en seguida alguien fué á abrir; y apenas se dió á conocer Abalhassan, fué recibido inmediatamente con gran cordialidad, lo mismo que su amigo. Y pretextó un motivo cualquiera para explicar su llegada á hora tan irregular. Y en aquella casa, donde la hospitalidad se practicó según sus más admirables preceptos, pasaron el resto de la noche, sin que se les importunara con preguntas indiscretas. Y ambos, por su parte, sufrían: Abalhassan porque no estaba acostumbrado á dormir fuera de casa y le preocupaban las inquietudes de su familia, y el príncipe Alí porque tenía delante de los ojos la imagen de Schamsennahar, pálida y desmayada de dolor en brazos de sus doncellas, á los pies del califa.
De modo que en cuanto amaneció se despidieron de su huésped y marcharon á la ciudad, y no obstante la dificultad con que andaba Alí ben-Bekar, no tardaron en llegar á la calle en que estaban sus casas. Pero como la primera á que llegaron era la de Abalhassan, éste invitó á su amigo á descansar en su casa, no queriendo dejarle solo en estado tan lamentable. Y dijo á su servidumbre que le prepararan la mejor habitación y tendieran en el suelo los magníficos colchones que se conservaban bien enrollados en las alacenas para aquellos casos. Y el príncipe Alí, tan cansado como si hubiera andado días enteros, sólo tuvo fuerzas para dejarse caer en los colchones, y pudo por fin dormir algunas horas. Al despertar hizo sus abluciones, cumplió sus deberes del rezo y se vistió, dispuesto á salir, pero Abalhassan le detuvo: «¡Oh mi dueño! ¡es preferible que pases el día y la noche en esta casa, y así podré acompañarte y distraer tus penas!» Y le obligó á quedarse. Llegada la noche, Abalhassan, después de haber pasado el día departiendo con su amigo, mandó llamar á las cantarinas más afamadas de Bagdad; pero nada pudo distraer á Alí ben-Bekar de sus tristes pensamientos, pues al contrario, las cantarinas sólo consiguieron exasperar su mal y su dolor. Y pasó una noche más mala que las otras; y por la mañana había empeorado de tal modo, que su amigo Abalhassan ya no le quiso detener más. Decidióse, pues, á acompañarle hasta su casa, después de haberle ayudado á montar en una mula que los esclavos del príncipe habían traído de la cuadra. Y cuando lo hubo entregado á su servidumbre y estuvo seguro de que por lo pronto ya no necesitaba su presencia, se despidió de él con palabras consoladoras, prometiéndole volver lo antes posible. Después salió de casa y se dirigió al zoco, donde volvió á abrir la tienda, que había estado cerrada todo aquel tiempo.
Y apenas había acabado de arreglar la tienda y se había sentado para aguardar á los parroquianos, vio llegar...