Y el joyero Amín contó á los ladrones toda la historia de Schamsennahar y Alí ben-Bekar, y sus relaciones con ellos, sin olvidar un detalle, desde el principio hasta el fin. Pero no es necesario repetirla.
Cuando los ladrones hubieron oído la extraña historia, quedaron, en efecto, extremadamente asombrados, y exclamaron: «¡Verdaderamente, es un gran honor para nuestra casa albergar en este momento á la bella Schamsennahar y al príncipe Alí ben-Bekar! Pero ¡oh joyero! ¿de veras no te burlas de nosotros? ¿Son realmente ellos?» Y Amín exclamó: «¡Por Alah, ¡oh señores míos! ellos son, absolutamente, con sus propios ojos!» Entonces los ladrones se levantaron como un solo hombre, y abrieron la puerta consabida, ó hicieron salir al príncipe Alí y á Schamsennahar, disculpándose mil veces, y diciéndoles: «¡Os suplicamos que nos perdonéis lo inconveniente de nuestra conducta, pues en realidad no podíamos suponer que íbamos á capturar personas de vuestra categoría en casa del joyero!» Después se volvieron hacia Amín y le dijeron: «¡Y á ti te devolveremos en seguida los objetos preciosos que te hemos arrebatado, y sentimos mucho no poder devolverte también los muebles, porque los hemos dispersado, haciendo que los vendan en varios sitios y en pública subasta!»
«Y la verdad es que se apresuraron á devolverme los objetos preciosos envueltos en un paquete grande; y yo, olvidándolo todo, no dejé de darles mil gracias por su generosidad[B]. Entonces nos dijeron á los tres: «Ahora ya no queremos teneros más aquí, como no deseéis honrarnos con vuestra presencia entre nosotros.» Y en seguida se pusieron á nuestra disposición, haciéndonos prometer únicamente no delatarlos y olvidar los desagradables ratos pasados.
»Nos llevaron, pues, á la orilla del río, y todavía no pensábamos en comunicarnos nuestras inquietudes, pues el temor aún nos tenía sin aliento, y nos inclinábamos á creer que todos aquellos sucesos ocurrían en sueños. Después, con grandes señales de respeto, los diez nos ayudaron á meternos en su barca, y se pusieron todos á remar con tal vigor, que en un abrir y cerrar de ojos llegamos á la otra orilla. Pero apenas habíamos desembarcado, ¡cuál no sería nuestro terror al vernos cercados de pronto en redondo por los guardias del gobernador, y capturados inmediatamente! Los ladrones, como se habían quedado en la barca, tuvieron tiempo de ponerse fuera de su alcance á fuerza de remos.
»Entonces el jefe de los guardias se nos acercó, y nos preguntó con voz amenazadora: «¿Quiénes sois y de dónde venís?» Sobrecogidos de miedo, nos quedamos mudos, lo cual acrecentó aún más la desconfianza del jefe de los guardias, que nos dijo: «¡Me vais á contestar categóricamente, ó en el acto os mando atar de pies y manos, y se os llevarán mis hombres! ¡Decidme, pues, en donde vivís, en qué calle y en qué barrio!» Entonces, queriendo salvar á toda costa la situación, comprendí que debía hablar, y respondí: «¡Oh señor! Somos músicos, y esta mujer es cantora de oficio. Esta noche estábamos en una fiesta que reclamaba nuestro concurso en la casa de esas personas que nos han traído hasta aquí. Pero no podemos deciros el nombre de esas personas, pues en nuestro oficio no solemos enterarnos de tales pormenores, y nos basta sólo con que nos paguen bien.» Y el jefe de los guardias me miró severamente, y me dijo: «¡No tenéis mucha traza de cantantes, y me parecéis muy aterrados é inquietos para ser personas que acaban de salir de una fiesta! Y vuestra compañera, con tan buenas alhajas, tampoco tiene trazas de almea. ¡Hola! ¡Guardias, apoderaos de esta gente y llevadla en seguida á la cárcel!»
»Al oir estas palabras, Schamsennahar se decidió á intervenir personalmente, y acercándose al jefe de los guardias, le llamó aparte y le dijo al oído algunas palabras, que le hicieron tal efecto, que retrocedió unos pasos y se inclinó hasta el suelo balbuciendo fórmulas respetuosísimas de homenaje. Y en seguida dió orden á su gente de que acercara dos embarcaciones, y ayudó á Schamsennahar á entrar en una, mientras me introducía en otra con el príncipe Ben-Bekar. Después mandó á los barqueros que nos llevaran adonde les mandáramos ir. Y en seguida cada barca siguió diferente dirección: Schamsennahar hacia su palacio, y nosotros hacia nuestro barrio.
»En cuanto á nosotros, apenas habíamos llegado á casa del príncipe, cuando le vi, sin fuerzas ya y extenuado por tan continuas emociones, desplomarse sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la casa...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.