PERO CUANDO LLEGÓ
LA 164.ª NOCHE

Ella dijo:

...El vecino contestó: «Creo, Amín, que el mejor partido es tomar la desgracia con paciencia, y aguardar la captura de los ladrones, que tarde ó temprano serán habidos, pues los guardias del gobernador andan buscándolos no sólo por este robo, sino por otras fechorías que han perpetrado hace poco tiempo.» Y el pobre joyero exclamó: «¡Oh Abalhassan ben-Taher, prudente varón! ¡Qué buena idea tuviste al retirarte tranquilamente á Bassra! ¡Pero lo que está escrito ha de ocurrir!» Y Amín volvió á emprender tristemente el camino de su casa, en medio del gentío, que había averiguado toda la historia y se compadecía de él al verle pasar.

Y al llegar á la puerta de su casa, el joyero Amín vió en el vestíbulo á un hombre que no conocía y le aguardaba. Y el hombre, al verle, se levantó y le deseó la paz, y Amín le devolvió el saludo. Entonces el hombre le dijo: «Tengo que decirte algunas palabras secretas, que sólo debemos oir los dos.» Y Amín quiso llevarle á su aposento, pero el hombre le dijo: «Vale más que estemos completamente solos; conque vámonos á tu segunda casa.» Y Amín, pasmado, le preguntó: «Pero ¿cómo es que no te conozco, y tú me conoces á mí y sabes que tengo dos casas?» El desconocido se sonrió y dijo: «Ya te lo explicaré todo. ¡Y si Alah quiere, contribuiré á consolarte!» Entonces Amín salió con el desconocido, y llegó á la segunda casa; pero su acompañante hizo observar á Amín que los ladrones habían echado la puerta abajo, y por consiguiente no se podía estar allí libre de indiscretos. Después le dijo: «¡Sígueme y te llevaré á un sitio que conozco!»

Entonces el hombre echó á andar, y Amín fué detrás de él, siguiéndole de una calle á otra calle, de un zoco á otro zoco, de una puerta á otra puerta, hasta el anochecer. Después, como hubieran llegado hasta el Tigris, el hombre desconocido dijo: «¡Indudablemente estaremos más seguros en la otra orilla!» Y en seguida se les acercó un barquero, salido no se sabe de dónde, y antes de que Amín pudiera enterarse, estaba ya con el otro en la barca, y tras unos vigorosos golpes de remo se vieron en la orilla opuesta. El desconocido ayudó á Amín á saltar á tierra cogiéndole de la mano, lo guió á través de unas calles angostas, y el joyero, muy intranquilo, pensaba: «¡En mi vida he puesto aquí los pies! ¿Qué aventura será esta aventura?»

Llegaron ante una puerta, toda de hierro, y el desconocido, sacando del cinturón una enorme llave enmohecida, la metió en la cerradura, que rechinó terriblemente, y la puerta se abrió. El desconocido entró con el joyero y después cerró la puerta. Y se hundieron por un corredor, que había que recorrer andando á gatas; y al final del corredor encontraron una sala que estaba alumbrada por una sola lámpara colgada en el centro. Y alrededor de aquella lámpara vió Amín sentados é inmóviles á diez hombres vestidos de igual manera, y de caras tan parecidas é idénticas, que creíase ver un solo rostro repetido diez veces en espejos.

Al verlos, Amín, que estaba ya rendido por lo que había andado desde por la mañana, se sintió completamente desvanecido, y cayó al suelo. Entonces el hombre que lo había traído le roció con un poco de agua, y de tal modo lo reanimó. Después, como ya estaba puesta la mesa, los diez hombres iguales se dispusieron á comer, no sin haber invitado á Amín á compartir su cena, todos con la misma voz. Y Amín, viendo que los diez comían de los mismos platos, dijo para si: «¡Si esto estuviera envenenado no lo comerían!» Y á pesar de su terror, se acercó y comió hasta saciarse, como hambriento que estaba desde por la mañana.

Terminada la comida, la misma voz una y décuple le preguntó: «¿Nos conoces?» Él contestó: «¡No, por Alah!» Los diez le dijeron: «Somos los ladrones que esta noche pasada hemos saqueado tu casa y hemos raptado á tus huéspedes, al joven y á la muchacha que cantaba. ¡Pero, desgraciadamente, la criada logró salvarse huyendo por la azotea!» Entonces Amín exclamó: «¡Por Alah sobre todos vosotros! ¡Señores míos, por favor, indicadme el lugar en que se encuentran mis dos huéspedes! ¡Y confortad mi alma atormentada, hombres generosos que habéis saciado mi hambre! ¡Y Alah os deje gozar en paz de cuanto me habéis quitado! ¡Dejadme ver á mis amigos! Entonces los ladrones alargaron el brazo, todos al mismo tiempo, hacia una puerta cerrada, y le dijeron: «¡No temas ya por su suerte! ¡Más seguros están con nosotros que en casa del gobernador, y tú, por supuesto, lo mismo! ¡Sabe, efectivamente, que no te hemos traído aquí más que para que nos digas la verdad acerca de estos dos jóvenes, cuyo hermoso aspecto y noble actitud nos han pasmado tanto que no nos hemos atrevido á interrogarles apenas hemos adivinado con quién teníamos que habérnoslas!»

Entonces el joyero Amín se tranquilizó mucho, y no pensó más que en granjearse todas las simpatías de los ladrones, y les dijo: «¡Oh señores míos, bien claro veo ahora que si la compasión y la urbanidad llegaran á desaparecer de la tierra, se encontrarían intactas en vuestra casa! ¡Y no menos claro veo asimismo que cuando se trata con personas tan de fiar y tan generosas como vosotros, el mejor medio y el más seguro para captarse su confianza es no ocultarles nada de la verdad! ¡Escuchad, pues, mi historia y la suya, pues es asombrosa hasta el último límite de todos los asombros!»